20 feb 2012

Un alto en el camino

En un país moldeado a su antojo por una naturaleza sin parangón, la variedad de este tesoro despliega, para fortuna del viajero, una mezcla de exuberantes paisajes amén de una fauna extraordinaria. Una suerte de paraíso exótico que le confiere al territorio malayo su bien más preciado. No en vano, las tres cuartas partes de Malasia están compuestas por espacios verdes de los cuales, dos tercios son vírgenes. Una fascinante 'epidermis' dispuesta a sorprender hasta al más curtido en parajes naturales. La autenticidad de semejante entorno representa un reclamo más que justificado. Un lugar donde resulta inevitable experimentar una especial emoción. Y es que pocos lugares pueden rivalizar con los atributos naturales que ofrece la otrora Malaya.

El exotismo, pues, está garantizado. En este singular escaparate de exteriores nos encontramos ante un territorio de intenso sabor tropical. Muchos viajeros se acercan hasta aquí seducidos por unas costas bordeadas de playas que se completan por una densa cubierta boscosa para deleite de los más aventureros. Una salvaje macedonia de flora y fauna de lo más atractiva y sugerente, cuyo encanto se convierte en el protagonista indiscutible en este rincón del sudeste asiático.

Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

En una tierra dominada por el carácter selvático del trópico, aparece un escenario distinto, presto a llevar la contraria y asombrar a partes iguales. A tan sólo cuatro horas por carretera al norte de Kuala Lumpur, nos topamos ante un paraíso de tierras altas compuesto por un paisaje alpino único de picos azules, montículos verdes y brumosas plantaciones de té. Situado al noroeste del distrito de Pahang, Cameron Highlands se presenta como una pausa recomendable a las altas temperaturas que se extienden en el resto del país, gracias a una altura que puede alcanzar los 2.000 metros sobre el nivel del mar. Sus colinas suaves y fértiles laderas hicieron de esta cadena montañosa un destino vacacional creado por los ingleses en plena era colonial. Un pasado todavía palpable a razón de un legado arquitectónico capaz de transportarnos hasta la campiña británica.

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Agroturismo, catas de té o senderismo son algunas de las 'excusas' para permanecer unos días apacibles donde disfrutar del atípico clima suave que goza durante todo el año. Las extraordinarias vistas de este decorado ondulado de verdes hectáreas conforman un panorama singular y, sin duda, fotogénico. Como dice el escritor José Saramago: "Las palabras nunca están a la altura de la grandeza del momento". Tal vez por ello, lo más recomendable es que experimenten por sí mismos una de las maravillas de Malasia. Un espectáculo a degustar, por cierto, con agradecimiento y respeto.


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17 feb 2012

Lugares imaginarios

Nos encontramos ante un destino ignoto, un espacio donde pervive un tiempo legendario y el sueño emprende el vuelo de los grandes mitos. Un lugar con bandera y moneda propia, de los que pueblan la imaginación. Mundos desconocidos que se localizan en la órbita del ingenio y la fantasía. Territorios desprovistos de rígidos corsés geográficos donde moverse en completa libertad, en el sentido más amplio de la palabra. 

Esta es una invitación, pues, a viajar por lugares de ficción, cartografías inventadas imposibles de localizar en los atlas habituales. Un viaje donde descubriremos islas y ciudades perdidas, unos escenarios que nos permiten viajar con la imaginación, prodigio de las mentes que lo crearon. Socorridos mundos oníricos donde acudir cuando la realidad nos lleva al hartazgo de todo cuanto nos rodea. Una suerte de geografía literaria de lo más sugerente. Y es que son numerosas las recreaciones que la literatura ha dado al universo de los viajes imaginarios, tierras siempre misteriosas y lejanas. Responsables, en muchos casos, de despertar la curiosidad y el 'vuelo' de quienes tuvieron la oportunidad de leerlos.

Foto: Flickr 

En este singular ejercicio de geoficción (término acuñado por el geógrafo francés Alain Musser) se impone la necesidad imperiosa de fantasear, ya que nos encontramos ante un camino abonado por la utopía. Concepto, por cierto, que deriva de 'utopos' y significa 'sin lugar'. Una práctica que se remonta hasta épocas abrazadas por el manto de la mitología griega, celta, mexicana o tibetana, por citar algunos ejemplos. Entre ellas destaca 'Atlántida', una ciudad mitológica descrita por Platón en su obra 'Diálogos'. Dicha isla, ya desaparecida en el mar, tendría un tamaño que superaría, en palabras del filósofo griego, a 'Libia y Asia juntas'. Una conocida leyenda desde la antigüedad que ha sido visitada de nuevo por escritores como Julio Verne en '20.000 leguas de viaje submarino' (1869), entre otros.

Escondido en algún lugar más allá de las montañas nevadas del siempre espectacular Himalaya, nos topamos con 'Shambhala', un reino mítico creado por la tradición budista tibetana, construido para eliminar el odio de un mundo dominado por la guerra y así comenzar una nueva era dorada. Cambiamos de continente para perdernos en algún lugar de las Islas Británicas, morada de brujos y hadas en numerosas fábulas de origen celta: 'Ávalon'.Y, ya que estamos, atravesamos las aguas del océano Atlántico para explorar 'Aztlán'. Según la mitología mexicana fue una especie de paraíso o Edén en forma de isla, desde donde partirían los aztecas. Su importancia en el imaginario colectivo creció de tal modo que durante el s.XVI se organizaron varias expediciones encabezadas por españoles. La lista podría continuar en una extensión sin contornos definidos. 

Seguimos avanzando. Esta vez hasta la literatura de los más pequeños. Memorables obras de unas estanterías que rebosan de ilusión y descansan sobre una capacidad inventiva sin límites. Escenarios fantásticos como 'Oz' de L. Frank Baum, 'La historia interminable' de Michael Ende o la isla imaginaria, más conocida como 'El País de Nunca Jamás', de J.M. Barrie. Un cosmos donde viajamos también hasta las tierras que visitó Gulliver en las aventuras relatadas por Jonathan Swift como la isla de los inmortales o 'Luggnagg,' el país de 'Balnibarbi' o la nación isleña de 'Liliput'.

Unos decorados, en definitiva, que no sólo sirvieron para ambientar en ellos las narraciones, sino que alimentaron la imaginación a través de un viaje iniciático sin parangón, al que entregarnos siempre que queramos desde cualquier rincón y saborear las mieles de la fantasía. Así de fácil. Unas mágicas e inagotables fuentes de inspiración de las que también beben el mundo del cine y el cómic (recordemos los países de 'Syldavia' y 'Borduria' de Tintín). Lugares procedentes de épocas imprecisas que existirán cuanto mayor sea su indefinición respecto a su referente real, un ámbito personal donde dar rienda suelta al reino de la invención.
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14 feb 2012

Vietnam, turismo de guerra

Pocas veces una película ha influido tanto en el imaginario colectivo de toda una generación como lo hizo Apocalypse Now de Francis Ford Coppola. Un film que ha trascendido hasta alcanzar una dimensión mítica y simbólica, convirtiéndose así en un icono, 'en la película de Vietnam'. Muchos recordarán la legendaria frase que el director estadounidense pronunció en el festival de Cannes: "Ésta no es una película sobre la guerra de Vietnam, esto es Vietnam". Pues bien, ha pasado algo más de tres décadas desde su estreno y, sin embargo, su legado continúa.

Seducidos por una oferta turística dispuesta a satisfacer el fetichismo bélico del viajero, son muchos los que viajan hasta el que fuera reino de Funan buscando algo del Apocalypse Now de Coppola y Vietnam se lo ofrece, a cambio de un puñado de dólares. Una nación de inquebrantables optimistas capaces de convertir un pasado relativamente reciente en una oportunidad de negocio que se esconde tras los campos de batalla, los museos de guerra y los lugares históricos. 

Foto: Danuta-Assia Othman
 
Mientras el país repite su mantra "Vietnam es un país, no una guerra", las agencias de viaje bajo el paraguas del Ministerio de Turismo vietnamita fomentan las visitas utilizando todo tipo de reclamos, exhibiendo así a un pueblo que no oculta sus heridas de guerra. Recuerdos que se convierten en una especie de atracción turística en lo que supone un viaje iniciático en la historia para unos y un peregrinaje doloroso para otros. El singular recorrido permite mostrar algunos escenarios de guerra como piezas de un rompecabezas narrativo.

No importa por dónde se empiece, las opciones de este turismo de guerra atraviesan la geografía vietnamita en un claro ejemplo de cómo sacarle rentabilidad a un hecho que se cobró la vida de tres millones de vietnamitas. Las guías de viaje insisten pues en que visitemos muesos de los vestigios de la guerra, monumentos a los héroes caídos como el mausoleo de Ho Chi Minh en Hanoi, amén de toda clase de souvenirs, desde los emblemáticos cascos del Vietcong, condecoraciones, falsos mecheros Zippo supuestamente extraviados por marines estadounidenses hasta camisetas con la imagen del 'Tío Ho', por mencionar algunos ejemplos. El turista quizás encuentre el plato fuerte en los claustrofóbicos túneles Cu Chi, situados a 70 kilómetros al norte de Saigón ( rebautizada Ho Chi Minh ). Más de 200 kilómetros de extensión que comenzaron en 1948. La guinda de este amargo pastel alcanza su cenit ante la posibilidad de disparar un fusil Kalashnikov con munición real.

 Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Habrá que preguntarse si al final del 'viaje' se tiene una visión global e impactante de todo el conjunto, en una imprescindible y necesaria toma de conciencia sobre el significado y el fondo moral de la guerra. Un espacio de reflexión que bucea en el carácter del combate. Esto implica que el asunto importante del conflicto, el de sus consecuencias, quizá hace ya tiempo que se ha banalizado o tergiversado a costa de llenarse los bolsillos. Juzguen ustedes mismos.
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11 feb 2012

El cuarto elemento

Nuestro invitado se presenta como la arteria vital del sudeste asiático, un icono geográfico de la otrora Indochina. Se erige como pilar indiscutible e indisociable de la riqueza de esta región. Sustento y fuente de ingresos de miles de personas, en sus márgenes han proliferado aldeas y pueblos. Su idiosincrasia y magnitud le lleva a protagonizar numerosas festividades de sabor local como el Bon Om Tuk en Camboya durante el mes de noviembre, amén de una literatura que encuentra en él su inspiración. Llanuras, montañas, costas, manglares e islas completan la orografía de un espectáculo que se escribe con mayúsculas: el imponente y majestuoso río Mekong. 


Foto: Danuta-Assia Othman

Conocido popularmente como la puerta del sudeste asiático, su nombre evoca numerosas historias, algunas de ellas elevadas a la categoría de mito. Relatos de un ayer no tan lejano cuando, recordemos, los franceses intentaron sin éxito encontrar una ruta navegable río arriba hacia China.  

Desde tiempos ya idos, son muchos los que se han visto seducidos por la estela de la madre de todas las aguas. Convertido en leyenda, puede presumir de ser el único de los ríos asiáticos que discurre por seis países. Un vasto recorrido que se acerca a los cinco mil kilómetros donde atraviesa una misma región compartida por realidades variopintas que responden a culturas distintas en un viaje cuyos orígenes hay que buscarlos en la meseta tibetana en China y continuar por Birmania, Tailandia, Laos y Camboya para desembocar en Vietnam, lugar en el que exhibe su esplendor con sus nueve brazos hasta abandonar sus aguas al mar de la China Meridional. Un camino que aguarda el legado de un historia trufada de sucesos y relieves determinados por el paso estratégico que marca el curso del río.

Para capturar el espíritu de tan majestuoso enclave basta con esperar a que termine la estación de lluvias y adentrarse por alguno de sus interminables y encantadores trayectos a bordo de un transbordador de pasajeros o un barco de mercancías. Sus afluentes como el Nam Ou a su paso por el norte de Laos, se presentan como una alternativa suculenta alejada de las rutas más concurridas que convierten la navegación en una experiencia carente de encanto y atestada por un curioso grueso de extranjeros con 'ganas de pasarlo bien'.  Una estampa repleta de detalles que variarán en función del lugar en el que nos encontremos. Y es que estamos ante un accidente geográfico políglota que obedece a diferentes nombres como Lancang ( en China ), Ménom Khong ( en Laos ), Tonlé ( en Camboya ) o Mae Nam Khong ( en Tailandia ). De la contracción de esta última debe su nombre popular conocido por todos como 'Mekong'.


Foto: Danuta-Assia Othman


Foto: Danuta-Assia Othman

Algunos tramos como el delta del Mekong o Cuu Long en Vietnam, han sucumbido al apetito de un turismo de masas ávido por lo exótico, convirtiendo una necesidad en una realidad ficticia que ralla lo circense. La reflexión encuentra su 'butaca' en los peligros que hoy en día amenazan la salud del río: desde la contaminación y la construcción desmedida de presas por parte de las empresas hidráulicas a la práctica de técnicas de pesca agresivas que aceleran la destrucción de su ecosistema. Dada su importancia, sorprende saber que no existe ninguna política medio ambiental, una delicada situación de complicadas consecuencias si consideramos la absoluta dependencia vertebradora de las gentes que lo habitan. Un impacto innegable a valorar y a reconsiderar en unas aguas que se mueven en un futuro incierto. 
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8 feb 2012

Antes, durante y después del viaje

Este podría ser el título que diera comienzo a una serie de consejos de carácter preventivo para el viajero. Una información sin duda a considerar y en ocasiones de gran utilidad. Lejos de datos que apelan al pragmatismo, esta es una invitación al significado del viaje, a aquello que acontece en la mismísima génesis de la idea y nos acompaña hasta el siguiente rumbo. Una sensación que adopta tantas formas como rostros existen. Un síndrome que, a riesgo de divisarlo, resulta difícil desprenderse de él

Ya lo decía el literato Noel Clarasó: "Lo mejor de los viajes es lo de antes y lo de después". Desde el reino de la ilusión y la expectativa, de todo lo que podría ser incluso antes de que pongamos pie, hasta el retorno, momento donde la recreación cobra protagonismo y eleva el viaje hasta su idealización. Sea como fuere, lo que está claro es que con cada viaje se produce un cambio de vibración donde el hallazgo (a todos los niveles) es inconmensurable. No importa cuántas veces hayas viajado ni cuántos horizontes hayas avistado. Este poderoso reclamo sorprende como un espejismo hasta dejarnos frente a frente con la alteridad

El efecto que produce no entiende de fechas ni caduca con el retorno sino que se extiende en un variado repertorio a merced de su disfrute. Un ejercicio al servicio de la construcción de nuevos siginificados. Y, como resultado, la riqueza de una recompensa que se presenta al viajero llena de matices y anécdotas. Degustarlo como es debido requiere la puesta en escena de los cinco sentidos, solo así alcanzaremos ese valor añadido. 

Conviene señalar que la poética del viaje no acecha a todos por igual y se expande en el camino a modo de fórmula sustancial. Momento en el cual la cuestión del viaje adquiere un carácter especial y diferente. Los tempos, hemos dicho, escapan a cualquier calendario por lo que su perdurabilidad dependerá en gran medida de nuestro apetito viajero. A pesar de las mutaciones que han acompañado al viaje a lo largo de los tiempos, la inquietud del mismo ha estado constantemente presente. Una condición que aúna hasta la más grande de las diferencias y que habla un lenguaje universal. Algunos dirán que no se puede explicar con palabras, otros simplemente asentirán al verse reconocidos por esta sensación absolutamente embriagadora. Si eres uno de ellos, sabrás del privilegio de formar parte de esa curiositas definida por Odiseo.

En esta danza por vivir la novedad, conocer lo desconocido e impresionarse por todo lo que rodea, corresponde a sus afortunados guardarla a buen recaudo. Solo así lograremos asegurarnos la continuidad de esa impresión o sentimiento que nos empuja a movernos. ¡Buen Viaje!.

Foto: Danuta-Assia Othman
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5 feb 2012

Hechizo a la orilla del Golfo

Paraísos hay muchos, e islas tantas como uno quiera imaginar. Bellos enclaves naturales donde el protocolo, no sólo permite sino que obliga, a repanchigarse en una hamaca a la orilla de alguna virgen y solitaria playa mientras se disfruta de unas vistas mecidas al son del mar. Lugares donde huir de los rigores del invierno del viejo continente, cuyo objetivo es preparar nuestro espíritu y romper la conexión con el mundo exterior.

En este particular canto al hedonismo aparece la isla de Koh Tao, situada en la costa este del Golfo de Tailandia, en la provincia de Surat Thani. Su esencia de paraíso tropical cumple uno a uno todos los tópicos en sus escasos 21 km², un genuino carácter que ha conseguido dar con la fórmula perfecta del exotismo más calmado del sur del país. Un emplazamiento de dimensiones reducidas bendecido por las aguas del Golfo y la riqueza de unas tierras que exhiben una tupida vegetación en un auténtico muestrario de la naturaleza. Pero, lo mejor de Koh Tao, lo que realmente la convierte en un objeto de deseo, es que no haya apenas nada que hacer, a dejarse llevar por el capricho de sus bellos paisajes dispuestos a calmar al más inquieto de los viajeros. 

 Foto: Danuta-Assia Othman

 Foto: Danuta-Assia Othman

Lo difícil es decidir que es más bello, las apacibles calas de arena blanca con sus formaciones rocosas de piedra calcárea o su interior, tapizado por interminables palmeras que añaden frondosidad a un de por sí paraje selvático. A medida que se superan las capas exteriores de esta jugosa isla, la experiencia gana en sabor. Meca del submarinismo, esquivar las decenas de centros de buceo asegura una lanzadera al exotismo de una manera amable.

Entre caminos empinadísimos que llevan a los hoteles que disfrutan de unas panorámicas vistas, la isla despliega un escenario dispuesto a dejar con la boca abierta. No es fácil llegar hasta aquí andando, pero sí, aún así, uno se empeña en intentarlo, hay que aprovisionarse de ingentes cantidades de agua y prever algunas vueltas de más como peaje. Moverse por las entrañas de Koh Tao complementan una experiencia en un enclave que supera lo idílico amén de una naturaleza que se presenta aquí generosa y bella la mires por donde la mires. Las cabañas como única edificación añaden la nota sostenible de un turismo que todavía mantiene su cara más amistosa. 

 Foto: Danuta-Assia Othman

Dejarse tentar por este irresistible plan garantiza unos días de reposo sosegado en sentido literal, donde holgazanear se convierte casi en ‘actividad’ obligada. Un destino que nada tiene que envidiar a sus concurridas vecinas Koh Pha Ngan y Koh Samui. Un maridaje perfecto que ofrece al viajero algo más que sol y playa, y que guarda en la recámara un embriagador elixir paradisíaco difícilmente de olvidar. Con todo y con eso, Koh Tao es una delicia. 

 Foto: Danuta-Assia Othman
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1 feb 2012

Galería Camboya

Camboya seduce a la cámara de Viajes en Caleidoscopio y descubre un país lleno de encantos, amén de ser uno de los pueblos más amables del sureste asiático. 

Fotos: Danuta-Assia Othman 

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28 ene 2012

Una vida espiritual sin género

Una de las imágenes más extendidas a lo largo del sureste asiático se presenta bañada por los tonos anaranjados de las túnicas que grácilmente llevan los monjes budistas. Tailandia, Laos o Camboya, por donde quiera que vayas aparece su silueta inconfundible e indisociable de esta parte del globo. Solo en Tailandia, existen más de 30.000 templos o monasterios. Un país donde la comunidad budista cuenta con unos 300.000 monjes. En este contexto, sorprenderá saber que el número de monjas o mae chii (religiosas de orden inferior) no supere las 15.000, de las cuales tan solo 25 se consideran bhikkhunis (el equivalente femenino al monje).

Las monjas o mae chii se afeitan la cabeza y llevan hábitos de color blanco.
Foto: Danuta-Assia Othman

La diferencia trasciende cualquier dato y plantea la discusión en términos de desigualdad en cuanto al papel y al reconocimiento de la mujer en el budismo. Y es que el budismo tailandés estrecha una perspectiva un tanto conservadora en la que reconoce a las monjas (mae chii) pero sólo a los hombres se les permite ser monjes (bhikkhu). Desde la oposición argumentan que el linaje de ordenación bhikkhuni se extinguió de la rama theravada hace miles de años. Por este motivo, el clero tailandés defiende la idea de que es imposible establecer una versión femenina.

El desacuerdo no se queda ahí. La discriminación y la falta de apoyo se extienden entre la opinión pública tailandesa, la cual ofrece una resistencia palpable no exenta de polémica. Un criterio cuasi unánime que considera que las mujeres no están hechas para la vida monástica, dejando como única opción la acumulación de méritos para que en la siguiente vida puedan nacer con un rol diferente. En este sentido, la posición de la mujer no sólo es 'inferior' respecto a la del hombre sino que tampoco disfruta de los mismos derechos y prestaciones sociales, ni recibe las mismas muestras de respeto o donativos. Una constante desventaja que se resiste a reconocer la oficialidad a las mujeres que quieran ordenarse como monjes (bhikkhunis) y que sin embargo, se ven obligadas a seguir 311 preceptos frente a los 277 que deben cumplir los monjes.

Lejos de intimidar la voluntad de aquellas que quieran vivir una vida religiosa, son cada vez más las mujeres que engrosan las filas en una lucha que camina con paso firme hacia la igualdad y el reconocimiento legal. Sin ir más lejos, este año se cumple una década desde que Dhammarakhita fuera nombrada la primera mujer monje en Tailandia. Con la convicción y la determinación de quien sabe que está haciendo lo correcto, esta mujer que ya supera la sesentena, ocupa las páginas que marcan un nuevo capítulo en el budismo tailandés. Una decisión que rompió moldes y superó cualquier obstáculo hasta el punto de pedir el divorcio a su entonces marido. 

Hoy en día, Dhammarakhita continúa entregada al budismo desde el templo situado en Nakhonpathon, a una hora de la capital. Una comunidad que, afortunadamente, ya cuenta con nueve bhikkhunis. Un esfuerzo que descansa en la búsqueda de la igualdad en las esferas religiosas y se desvincula de cualquier movimiento feminista que se le asocie. Ahí es nada.



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25 ene 2012

La mirada exógena

A menudo me preguntan si debería o no implicarme más en los textos. Tratar, al menos, de acercarlos a un terreno personal, cercano en el que apenas medie la distancia entre las palabras y el lector. Una cuestión compleja que hunde sus raíces mucho antes, en la comunicación intercultural, en la mirada exógena del viaje. Una relación si se quiere 'dialéctica' entre el 'yo' y el 'otro'. 

Nos sumergimos en el viaje. Convertidos en un punto de vista único somos parte anónima del conjunto que nos rodea. Un contexto desconocido en el que nuestra identidad cultural y personal se ve sometida a continuos cambios, cuyas variaciones suponen en ocasiones un choque de expectativas. Ya lo decía Weber, "por lo que hace a la comprensión y a la comunicación debemos darnos cuenta de que el otro, que no pertenece a mi cultura, no piensa obligatoriamente la realidad como yo la conozco y a la inversa". 

Recorremos destinos, queremos ver directamente con nuestros propios ojos todo cuando acontece. Hacemos conjeturas respecto a lo que aquello significa hasta tal punto de trasladarnos al 'otro lado'. Un ejercicio que con ahínco y cierta predisposición tiene como recompensa un continuo maravillarse. Nos aproximamos con la voluntad de ser identificados en una valoración desprejuiciada y con derecho a la similitud. Y en este punto de inflexión nos damos cuenta que la identidad personal con la que viajamos no es más que el resultado de la cultura que nos socializa. Un contacto que intenta barrer fronteras, atravesar muros invisibles e ir más allá del puro e iniciático intercambio de mensajes para ahondar en la creación de significados. Siempre con una mirada autocrítica y de humor para tratar de entender al 'otro'. 

Tras un tiempo en movimiento me pregunto que tal vez no exista tal muro que separe ambos mundos. Y en caso de que exista, dependerá del grado de implicación de cada uno hasta reducirlo a un mero y endeble tabique de cartón. Una cuestión de perspectiva que ayude a establecer la individualidad de cada cultura, entendiendo ésta como un producto diverso formado por distintas identidades, un fenómeno plural.


Foto: Danuta-Assia Othman


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22 ene 2012

Divina creación

Todavía no ha amanecido. La oscuridad parece envolver los rincones de una ciudad que todavía duerme. El sueño me invade y dificulta cada movimiento. Con torpeza me cambio como puedo no sin antes darme una ducha de agua fría que me ayude a despertarme. Me vuelvo a asomar. La noche continúa en un cielo opaco causado por la ausencia de la luna. Por delante me esperan algo más de media hora a golpe de pedal por unos caminos donde la iluminación escasea y la prudencia se convierte en mi mejor compañera. Sin saber muy bien por dónde ir, enfilo mapa en mano un recorrido acompañada por otros madrugadores que como yo han decidido aventurarse desde bien temprano.

La incertidumbre de lo desconocido pronto da paso a una certeza que tranquiliza y se aleja de una probable desorientación. Extremo los sentidos en un intento de precaución que me proteja de la conducción temeraria que parece imperar en el Reino de Camboya. Sin dejar tiempo a los gorjeos propios del alba, el sonido de las bocinas acapara el ambiente somnoliento de las primeras horas del día. Los indicios de una densa vegetación confirman el final del trayecto y el comienzo de una visita única y espectacular. Me encuentro ante un tesoro arqueológico cuya belleza insólita y enorme complejidad provocan la admiración de todo aquel que lo visite: los templos de Angkor.
 


Foto: Danuta-Assia Othman 

 Foto: Danuta-Assia Othman

Son muchas las descripciones prodigiosas que a lo largo de la historia se han aproximado ocupando páginas enteras. Y es que cualquier intento no resulta suficiente para abarcar ese estadio superior de creación perfecta que parecen ostentar estos templos. Un lugar sublime donde saborear un despliegue de dimensiones imperiales al servicio de la devoción espiritual y la ambición creativa. Para enamorarse de esta imponente obra basta con poner un pie entre sus hipnóticas ruinas. Si los edificios son la memoria de una ciudad, Angkor Wat representa una grandiosa muestra que delata el talento de la civilización jemer entre los siglos IX y XIII.

El día avanza en este particular viaje al pasado, perdido en la memoria del tiempo. Las imponentes piedras que moldean y acarician la perfección conforman algo más que un complejo religioso de proporciones colosales, sino que además representan el corazón espiritual e identidad del pueblo jemer. No hace falta acercarse hasta aquí para darse cuenta de la presencia que simboliza Angkor. Desde la bandera hasta la cerveza bajo el eslogan de “My country, my beer”, los camboyanos exhiben con orgullo la que bien podría ser la octava maravilla del mundo. Una maravilla de genialidad arquitectónica y escultórica cargada de detalles cuya minuciosidad nos dejarán en un estado de perplejidad constante. 

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Es innegable que las palabras están ahí, a la espera de ser escogidas aunque en ocasiones como esta valga más la pena abandonarse a su disfrute y a invitar encarecidamente a que otros lo hagan en esta mítica ‘ciudad perdida’. La fascinación rodea este espectáculo visual sin parangón donde lo mejor aguarda en las visitas repetidas. Un lugar donde empaparse de espiritualidad, misticismo, historia…y al mismo tiempo sentir el privilegio de ser espectador de esta arrebatadora imagen. Un refinamiento y una maestría que permanecen incólumes al paso del tiempo y sorprenden como un espejismo.

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18 ene 2012

Ruta fluvial por Camboya

Siguiendo la conocida premisa 'el trayecto es tan importante o más que el destino' decidí viajar desde la relajada población de Battambang hasta la ciudad de los templos de Siem Reap en barco, un medio de transporte que prometía una travesía de lo más pintoresca. Un recorrido interesante que atraviesa decenas de aldeas flotantes en el transcurso del río Stung Sangker y el lago Tonlé Sap, la mayor extensión de agua dulce del sureste asiático. Sin duda una panorámica magnífica donde observar la vida de quienes habitan sus aguas. Decenas de poblados suspendidos se adueñan de un paisaje que acopla en su geografía una vasta llanura que ocupa la parte central del país. Un escenario de horizontes inundados donde escasea la tierra firme. 

El viaje más encantador de Camboya comienza temprano en una jornada que se extiende hasta bien entrada la tarde. Un tiempo que dependerá en gran medida del número de averías que se presenten a su paso. Y es que el barco serpentea estrechas vías fluviales de frondosa vegetación que dificultan en ocasiones la navegación y proporcionan algún rasguño que otro. La tranquilidad de un decorado que depara magníficas vistas convierte el camino en una experiencia absolutamente recomendable en la agenda del viajero. La autenticidad de una Camboya diferente, constituye un más que justificable reclamo para quienes busquen el encanto en esta fascinante región.

 Foto: Danuta-Assia Othman

 Foto: Danuta-Assia Othman

Los destellos de un Sol implacable nos advierten que ya llevamos un buen rato a bordo de este atractivo crucero. El paso de las horas se desvirtúa a merced de una ruta escénica que cautiva desde el primer momento. La pesca y el comercio acaparan las actividades de unos habitantes que se ven obligados a adaptar sus costumbres y ritmos vitales a los ciclos de agua marcados por la temporada seca (de noviembre a mayo) y de lluvias (de junio a octubre). Ésta última, una época que provoca el desplazamiento de las casas debido a la considerable crecida del río. Una distribución urbanística caprichosa que vive a expensas de este singular medio acuático.

 Foto: Danuta-Assia Othman

 Foto: Danuta-Assia Othman

El tráfico fluvial obliga a reducir la velocidad y a descansar por unos instantes del estridente ruido del motor. Los lugareños de estos diminutos pueblos se asoman curiosos en un intercambio de saludos no exentos de sonrisas. En su mayoría, son de origen vietnamita, me comenta el 'capitán' de la embarcación. Llegaron en la década de los años ochenta perseguidos por los Jemeres Rojos. Hoy en día, conviven en armonía con otras minorías étnicas propias de Camboya como los musulmanes cham. Agazapados en barcos de popa larga, los locales se acercan en un contacto que busca el pequeño negocio. Un hecho que no sorprende si consideramos los escasos recursos de este medio de vida alejado del mundanal ruido de las concurridas ciudades. 

Compartir por unos instantes el latido del día a día de las aldeas flotantes invita a la reflexión en una inevitable comparativa con la dimensión del viajero. Una lección que nos obliga a replantearnos la mirada exógena y a entender los códigos propios de la nueva cultura. Un ejercicio enriquecedor de asombro y humildad que nos permitirá apreciar con mayor intensidad la personalidad de este bello lugar, patrimonio de quien quiera disfrutarlo.


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14 ene 2012

Una boda camboyana

Todo empezó una tarde cualquiera mientras descansábamos entre clase y clase. Los alumnos, algo alborotados, disfrutaban de un merecido paréntesis antes de reanudar las lecciones de inglés. Uno de los profesores, Mr. Poon, me preguntó qué hacia para Nochevieja. "Todavía no tengo plan", contesté. "¿Te apetecería asistir a una boda camboyana?", "¡Por supuesto!", contesté emocionada por la invitación. No todos los días se tiene la oportunidad de presenciar una muestra representativa de las tradiciones culturales del Reino de Camboya.

El final del monzón no solo supone el comienzo de unos días marcados por las elevadas temperaturas sino que también da el pistoletazo de salida a la temporada de bodas. Cada día se celebran enlaces por doquier, una unión que alcanza la categoría de 'bodorrio'. Un periodo que los camboyanos esperan algo ansiosos y con entusiasmo. Y es que el matrimonio representa un acontecimiento trascendental y de suma importancia, hasta cierto punto obsesivo cuando cumplen la mayoría de edad. Un hecho que no es de extrañar si tenemos en cuenta que la familia es el eje vertebrador de la sociedad jemer, algo más que una estructura o núcleo parental. 

 Foto: Danuta-Assia Othman

Mr. Poon acude puntual a recogerme. Enfundado en un traje de amplias hombreras y dos tallas más que le corresponden, nos subimos a la moto en un trayecto que no tiene pérdida ya que la música resuena a kilómetros de distancia. Un festín de llamativos colores aguardan en la entrada en un pasillo compuesto de damas y caballeros de honor vestidos del mismo color que los novios. Un color que dependerá del día en que caiga la boda. La discreción es un término que no tiene cabida en el vestuario y la decoración de este tipo de ceremonias, en las que la pareja se cambia hasta cinco veces. Fucsias, naranjas y una cierta predilección por el dorado componen la paleta de colores de unas telas satinadas y bordadas con encaje y pedrería. Una profusión de atuendos rematados por un maquillaje recargado y unos peinados donde triunfa el cardado y las extensiones postizas.

Tras felicitar a la pareja en nupcias, nos sentamos en unas mesas que acogen hasta diez comensales. Platos y más platos de deliciosa y copiosa comida forman parte de un banquete en exceso que augura una digestión poco liviana. Llama la atención la gran cantidad de brindis con cerveza que interrumpen incesantemente cada bocado. Un elixir encargado de 'amenizar' el ambiente de cada bufete rematado por una música estridente que no tiene desperdicio. Mientras, los niños pobres merodean con gran habilidad escurridiza para recoger las decenas de latas que posteriormente revenderán. Una escena que contrasta con el derroche que se exhibe en este tipo de fiestas y cuyo precio se sitúa entre 1.000$ y 3.000$. Algo elevado para los estándares de vida del país pero que los novios recuperan en gran parte gracias a los sobres que reciben de los invitados.

La noche prosigue en un ambiente distendido y desinibido en la que la ceremonia religiosa queda reservada al espacio íntimo al que acuden los novios y los monjes. La celebración alcanza el cenit con la llegada del pastel. Rodeados por los invitados, los prometidos se ven sorprendidos por la serpentina y las bengalas que entre aplausos animan al esperado (y tímido) beso. Tras la reverencia correpondiente a los padres de éstos, tiene lugar la sesión de fotos con posados aquí y allá. Vecinos de otros poblados se acercan curiosos para presenciar el más festivo de los actos de la cultura camboyana. 

 Foto: Danuta-Assia Othman

El ritual se ve completado por el momento del baile al que todo el mundo se une acompasado por unos movimientos que danzan al ritmo de la música tradicional y otros hits encargados de entretener a un público entregado al disfrute. Ya es medianoche y con ella la energía de los asistentes empieza a menguar en una estampa singular. El ajetreo se reduce a aquellos que se resisten a abandonar la 'pista' de bailoteo. Algo cansados, decimos adiós no sin antes volver a felicitar a los protagonistas en una velada que sin duda recordarán (y recordaré)  para siempre.
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11 ene 2012

Kampot, más allá de la pimienta

Llegué un día a la sureña Kampot con la ignorancia propia de quienes descubren un lugar sin apenas saber nada. O muy poco. Pronto descubriría que esta apacible y encantadora ciudad ribereña es algo más que su afamada (y exquisita) pimienta cuyo aroma y sabor inconfundibles ponen la nota olfativa al viaje. Una experiencia gastronómica de visita obligada. Situada apenas a cuatro horas de la capital, Kampot representa una escapada perfecta para zambullirse en un paisaje de interminables arrozales que comparten escenario con las omnipresentes y esbeltas palmeras. Una tonalidad matizada por las coloridas casas elevadas sobre palafitos donde disfrutar de una apacible sombra mecida por el vaivén de una raída hamaca.

Foto: Danuta-Assia Othman

El día se abre paso entre tempranas jornadas dedicadas al cuidado de la tierra, imprescindible sustento y forma de vida de los que habitan la exuberante campiña camboyana. Una provincia que juega con el tiempo y le confiere un estatus atemporal. El horizonte está formado por un territorio de intenso sabor local rodeado por una decadente arquitectura colonial francesa. Un encanto que enriquece el paso del viajero e invita a quedarse a buen riesgo de perder la noción del tiempo. Son ya unos cuantos quienes decidieron seguir el apacible ritmo de Kampot formando una nutrida comunidad internacional de aires desapercibidos.

La magia de este emplazamiento costero compite con las escenas cotidianas que nos acercan y ayudan a comprender la singularidad de un modo de vida que parece no haber variado. El reposo se presenta aquí como una tarea de carácter obligado, puerta de entrada a un estado relajado donde el mejor consejo es dejarse llevar. Sucumbir al deleite de la tranquilidad proporciona una paz y una armonía únicas en este lugar de la costa sur de Camboya. Entrañables momentos le esperan al viajero que decida pasar un tiempo en esta localidad. Y es que Kampot conviene explorarla a golpe de pedal, con la libertad de un medio que nos permite llegar a los confines que rodean a esta localidad. Multitud de pequeñas aldeas aparecen diseminadas a cuenta gotas. Detenerse garantiza un contacto con los lugareños difícilmente de olvidar. En un lenguaje que no entiende de palabras, los gestos protagonizan un entendimiento donde no faltan las sonrisas. "Susadai!" (¡hola!) responden a modo de cálida bienvenida. 

Foto: Danuta-Assia Othman

En este rincón poco acostumbrado a toparse con forasteros sorprende la reacción con la que reciben al visitante. Mezclarse por unos instantes con sus gentes asegura una autenticidad palpable. Los más pequeños corretean algo excitados ante la visita entre voces que gritan "Hello!". Las tareas se reparten en un itinerario que recorre desde la pesca, el cultivo del arroz y otros cometidos como el remiendo de los gastados hilos que componen las precarias redes. El escenario se repite en cada poblado donde la idiosincrasia varía y complementa el rico tejido de la vida rural en la meridional Kampuchea. 

Foto: Danuta-Assia Othman




 Foto: Danuta-Assia Othman

El distrito de Kampot condensa la esencia de un pueblo que muestra sin tapujos una cortesía que cautivará al viajero. Calibrar su importancia condensada en los pequeños detalles permite ahondar en una cultura cuya población en su mayoría vive en el campo. El silencio de sus espacios abiertos proporciona al viaje una grata sensación de libertad. La improvisación ejerce de cicerone y nos brinda la oportunidad de sorprendernos en un recorrido que no defraudará al viajero. Un decorado magnífico para disfrutar de un excelente ambiente rústico.
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7 ene 2012

'La colina de los árboles venenosos'

He aquí un texto áspero, incómodo, de los que dejan un sabor amargo. Palabras que rasgan el ánimo e intentan aproximarse a una realidad pasada difícil de soportar y aún más de digerir. Un camino escarpado y perturbador. Este es un viaje en silencio, donde la reflexión se hace eco de unas imágenes que cuentan una terrible historia acontecida entre 1975 y 1979: el genocidio camboyano brutalmente ejecutado por el régimen comunista de los Jemeres Rojos.

El día amanece teñido de un gris propio de los días nublados, preludio a una visita donde no tiene cabida el color. Un lugar espeluznante y conmovedor, testimonio de unos sucesos que marcan de por vida. Me encuentro en el Museo de los Crímenes Genocidas Tuol Sleng, cuyo nombre en jemer significa 'La colina de los árboles venenosos'. Un nombre sin duda apropiado, también conocido como S-21. Recorrer sus cuatro edificios supone caminar cabizbajo entre paredes que guardan en silencio las atrocidades que sufrieron unos 20.000 prisioneros de todas las edades y condiciones, desde recién nacidos hasta ancianos. Las fotografías que se exhiben en algunas de las salas evidencian el trágico archivo de unas víctimas torturadas hasta la muerte bajo una ideología extremista que creó centros de reclusión como este con el fin de 'buscar al enemigo oculto'. Sorprende la elección de un espacio cuyas aulas pertenecieron a un prestigioso colegio de la capital camboyana.

 Foto: Danuta-Assia Othman

 Foto: Danuta-Assia Othman

Bajo un estilo arquitectónico francés, los cuatro edificios presentan una estructura similar dividida en varias alturas con amplios corredores y organizada entorno a un patio situado justo a la entrada que acoge las tumbas de las últimas víctimas asesinadas poco antes de la invasión vietnamita. Las escenas de horror y pánico aparecen a medida que avanzamos en este particular viaje en el tiempo, un viaje al dolor pero imprescindible para comprender la realidad de un país que intenta, con gran esfuerzo, abandonar este pesado lastre. La tiranía, el hambre y la explotación de esta masacre representan una atrocidad incalculable. El recorrido se torna escalofriante a cada paso bajo una idéntica escenografía criminal. Celdas, salas de interrogatorio y tortura permanecen ante el espectador en un ambiente que corta la respiración. La imaginación alcanza aquí cotas grotescas alimentada por unas imágenes que muestran unos rostros difíciles de olvidar entre paredes de yeso y baldosines.


 Foto: Danuta-Assia Othman

La dificultad se acentúa en cada tramo. El paréntesis supone una parada obligatoria donde recobrar el aliento. Un alto que invita a la introspección. La marcha prosigue en un itinerario marcado por el sigilo y la discreción de unos carteles que nos advierten y prohíben de cualquier expresión emotiva. Las miradas se cruzan pensativas entre las decenas de personas que cada día visitan la célebre prisión de alta seguridad de la Kampuchea Democrática S-21. Más allá del reclamo turístico, la concienciación se presta aquí prioritaria y su conocimiento una herramienta histórica fundamental para que no se vuelva a repetir semejante exterminio, una monstruosidad sin precedentes en el Sudeste Asiático.

La ruta por el holocausto jemer finaliza no sin antes haber dado una fuerte sacudida. Un itinerario de espanto que nos advierte hasta dónde puede llegar la crueldad del ser humano. Los restos de un martirio que duró tres años, ocho meses y veinte días. Un recuerdo guardián de la masacre desgarradora de Pol Pot.


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4 ene 2012

Camboya, algo más que templos

Se abre el telón y aparece una tierra compuesta por deslumbrantes escenarios protagonistas de una naturaleza indómita repleta de extensos campos de arroz y palmeras entre bucólicas y pintorescas aldeas. Un maravilloso paisaje que proporciona al viajero un regocijo constante. El asombro que produce se incrementa gracias al carácter de un pueblo que se muestra cálido y acogedor con el visitante. Así es el Reino de Camboya, un compendio de encantos que hechizan y la hacen tremendamente irresistible.


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1 ene 2012

Una mujer sobre ruedas

Os presento a una mujer que tiene por nombre 'viajera' y por apellidos 'intrépida' e 'inconformista'. Esta es la historia de una joven aventurera de espíritu inquieto. Con el mapa abierto en busca de nuevos horizontes, nuevas sensaciones y nuevos aprendizajes, Johanna Panzani con tan solo dos décadas en su mochila, se lanzó en un viaje de tres semanas que le llevaría a recorrer en una modesta motocicleta la vasta geografía vietnamita, de norte a sur. Una peripecia movida por una infinita curiosidad por conocer otras realidades alejadas de una ruta a menudo trillada de la que resulta complicado escapar.


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