16 mar 2012

Müang Sing. Capítulo 4

La opacidad de la atmósfera acompañaba cada movimiento en un camino envuelto por un baño de vapor que transformaba la humedad condensada en una ligera llovizna continua. Pequeñas gotas flotaban en el aire empapando a todo lo que encontraba a su paso. Cuando la vista se acostumbra no sin esfuerzo a reconocer esos planos aproximados y la mente puede superar la primera impresión de aplastamiento, las manecillas de la brújula interna entonan la dirección adecuada. Solo es cuestión de tiempo.

La confusión que protagoniza la neblina aparece menos complaciente a la vista pero es aquí donde el oído y el olfato, esos sentidos más próximos al alma, encuentran satisfacción. Renacen bienes que se creían desaparecidos: el silencio, el frescor y la paz. Un silencio musitado por el caminar de otros que, como tú, se dirigen al mismo destino, el mercado. Un lugar que simboliza las grandes ocasiones de la vida colectiva que expresan la diversidad de gustos y actividades en un equilibrio específico. ¿Cuándo llegaré? Te preguntas de nuevo.

Desalojo los bolsillos de mi memoria y me doy cuenta que nunca antes había asistido a un fenónemo de tal calibre. Curiosos y aventureros sabrían sacarle el jugo a la emoción de descubrirlo. Sin pestañear, de vez en cuando se adivinaba el trazo de alguna construcción que nos advertía que estábamos a punto de llegar. Y así fue, la diversidad de los matices de una variedad étnica sin parangón, recibe al viajero en una visita de lo más prometedora. Un espectáculo que presenta a la sensibilidad (europea) otro orden de dimensión. Un cóctel de lo más estimulante para los sentidos.

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman
 
El mercado abre sus puertas entre las seis y las nueve, acechado por la llegada del alba. Cada mañana, una representación considerable de grupos étnicos como los Akha, los Lü, los Hmong o los Yao, recorren largas distancias desde sus poblados situados a las faldas de alguna colina de esta región montañosa para venir hasta aquí, el mercado local de Müang Sing, con el objetivo de vender y comprar frutas, verduras, carne, pescado y artesanía, además de algunos productos importados del cercano vecino chino.Y es que para mezclarse con los lugareños no hay nada mejor que sentarse en alguno de los puestos de fideos (khao sòi) que discurren al fondo del bazar, o deleitarse con alguna de las sabrosas especialidades culinarias locales como los dulces hechos de arroz glutinoso y coco.

La bruma empezaba a disolverse, mientras la capa se reducía primero por la derecha y luego por la izquierda hasta finalmente desvanecer por completo. El día comenzaba en una serenidad de tranquilo y exquisito fulgor. La suavidad de la luz de las primeras horas de la mañana se desperezaba ante una idiosincrasia que, vista desde fuera, pertenecía a un orden distinto de la nuestra. Un lugar sensorial de placeres y desagrados.

De arcana belleza, el mercadillo comprende poco más de cuatro vías de acceso, marcadas por los productos que sus comerciantes colocan a ras de suelo. Tan sólo interrumpido por la techumbre metálica que acoge a los puestos de artesanía y comida preparada. De dimensiones reducidas, la duración de nuestra visita dependerá en gran medida de nuestro grado de observación, pues nos encontramos probablemente ante el mejor mirador espontáneo para disfrutar de la belleza de la heterogeneidad de las gentes que habitan el norte de Laos. Algo que debería figurar en la lista de obligaciones de todo el que recale por aquí.

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Los prodigios cotidianos se suceden en este rincón que permite tomar la temperatura a la diversidad del país. Sin llegar al bullicio que suele caracterizar a este tipo de comercio, el guirigay lo encontramos en la sección dedicada a la compra-venta de animales vivos de todo tipo: gallos y gallinas, cerdos, ranas, insectos y otras especies difícilmente de identificar, componen un surrealista alboroto que permanece ajeno a su fatídico destino. Mientras deambulaba entre bocado y bocado, la reflexión apareció bajo esta fascinante epidermis, un enriquecedor tejido social patrimonio de unas costumbres, creencias y formas de vida forjadas con el paso de los años. 

Dispuesta a saciar mi último capricho gastronómico, me senté en una mesa donde decían servir la mejor sopa de fideos de Müang Sing. Rodeada por algunos hombres ya servidos, me miraban de reojo sorprendidos, quizá, ante un rostro cuyos rasgos no eran familiares.  Compartimos el silencio intercalado por los sorbos algo ruidosos de quienes todavía no habían terminado su plato. La curiosidad de unos y otros nos llevaba a cruzar miradas hasta que uno de ellos se dirigió hacia mí y empezó a hablar.
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13 mar 2012

Müang Sing. Capítulo 3

La noche se anunciaba fría. El viaje a destiempo parecía haber sorteado el azar de los imprevistos que asaltan a menudo al camino. O eso pensaba yo. Y es que la sensación de que el asunto no había acabado todavía me acompañaría un buen rato. Sin demasiado tiempo para meditar las consecuencias de aquella maratoniana jornada, entré en lo que parecía los restos (irre)conocibles de lo que había sido un hostal. Un cielo a contraluz se asomaba y se confundía entre las rendijas de cuatro ventanales algo destartalados, una iluminación arrinconada que se mezclaba con la luz ténue que desprendía la única bombilla del recibidor. Añádese el detalle de que la inmutabilidad acorralaba hasta el último rincón de aquella solitaria recepción, abandonada a la soledad del final del día.

Decidí esperar. Cuando ahora piensas en el tiempo que pasaste en aquella parte del mundo, lo primero que te viene a la memoria es la atmósfera reservada y enigmática, la fragancia de un aire etéreo, irreal. Apenas un escaso mobiliario compuesto por un par de mesas y algunas sillas, decoraban el espacio. Un espacio apático donde la penumbra del lugar lo abrazaba todo, acentuada por la aspereza de un suelo todavía por pulir. 

Una vez más, puse el contador a cero y continué esperando a que apareciera alguien. De pronto te sorprendes de la capacidad que tienes de adaptarte a las limitadas circunstancias, te resulta estimulante descubrir que puedes apañártelas con casi nada. Prolongas tus pensamientos durante no sabes cuánto. Y cuando parecía que te ibas a instalar allí mismo con tu saco de dormir, apareció una mujer de mediana edad y musitó: "May I help you?" Sorprendida por su inglés (resulta complicado encontrate en Laos a alguien que hable otro idioma), le respondes con el más aliviado "Yes" que encuentras. "Por fín", murmuras esperanzada.

Con la suerte aún pegada en los talones, acompañé a la señora hasta mi habitación. Mientras, miraba a mi alrededor en un intento por aprehender los matices fugitivos de unas paredes que parecían estrecharse en la nostalgia del recuerdo. El silencio permaneció con nosotras hasta que me entregó la llave del cuchitril. Reflexionas y te das cuenta que hacía mucho tiempo que no dormías sola, arrastrada por la competitividad de los precios que ofrecen los dormitorios colectivos. La sugestión de un género de vida que nos persuade de que hemos retrocedido imperceptiblemente en el tiempo, sería una buena forma de describir aquel espartano habitáculo. Tras husmear los cajones del único mueble, me tumbé con lo puesto en aquel camastro. Estaba demasiado cansada como para detenerme en las incomodidades que supondría dormir en una deslucida y pobre cama.

Fueron unas reconfortantes y reparadoras horas de sueño hasta que me desperté sin saber muy bien dónde estaba. Al poco tiempo comprendí que mi apetito había interrumpido ferozmente el sueño. No es para menos, estaba hambrienta. Miré el reloj, era demasiado temprano, seguíamos de madrugada y no tenía nada para saciar la voracidad de mi apetencia. Permanecí acostada hasta que recordé que un viajero me había hablado de un mercado local que abría sus puertas al alba. Un lugar excepcional, aseguraba, para empaparse de diversidad étnica y deleitarse con exquisiteces locales. Tentador.

Decidí intentarlo, no debía estar muy lejos. Al fin y al cabo, Müang Sing no era más que cuatro callejuelas cortadas en cuadrícula. Una aventura de nivel uno si no fuera por la bruma espesa y fría, más cegadora que la noche, que me encontraría nada más salir. Ni se disolvía, ni se movía. Estaba precisamente allí, rodeándote como algo sólido e impenetrable. El resto del mundo parecía no existir. Seguía avanzando 'a ciegas', dejando de un lado el mapa y sacando del bolsillo la intuición, hacia un destino para mí desconocido. Oculto en algún lugar fuera de la vista, cuyas únicas coordenadas manifiestas eran el frío, la niebla y una densa bruma.

                                    Foto: Josvan
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10 mar 2012

Müang Sing. Capítulo 2

Pues bien, como decía, la incertidumbre comenzaba a envolverlo todo de la misma manera que el resplandor circunda la luz. Sumida en la penumbra del crepúsculo, ahí seguía yo esperando, sin saber exáctamente a qué, a la supuesta misteriosa furgoneta que me conduciría hasta Müang Sing. Ya en plena oscuridad empecé a impacientarme, aquello constituía algo inesperado. No sólo no conocía el lugar, Luang Namtha, sino que me hallaba a más de diez kilómetros de ella. La posibilidad de pernoctar, a juzgar por la eterna espera, aparecía como una opción que no debía descartar. Sin embargo, todavía me aferraba a la tibia sospecha de que aquello tenía algún sentido. Sólo debía ser paciente y confiar. Después de todo había apostado por ello y, al menos, tenía que intentarlo.

La porción más suculenta del trayecto estaba por llegar. Y así fue. Cuando ya me disponía a sacar el diccionario en busca de las palabras que me llevaran hasta la ciudad más cercana, apareció la polvorienta y desvancijada camioneta. Una voz masculina algo áspera musitó "¿Müang Sing?", "Mi" ("sí"), respondí algo desconfiada. Tras algunos esfuerzos, averigüé que taradaríamos algo más de dos horas. Un tiempo que, como siempre, termina dilatándose por motivos imprevisibles y sorprendentes a partes iguales. Y es que apenas habían transcurrido unos minutos que el conductor detuvo el vehículo en medio de la carretera para mi asombro. "¿Pen-nyang?" ("¿Para qué?"), le pregunté algo inquieta. El tipo no contestó nada, se limitó a hacer algunas llamadas mientras salía y entraba del furgón una y otra vez. Abandonada a la lectura ante la imposibilidad de comprender con exactitud lo que sucedía, rogaba en silencio que retomáramos el camino. Debió pasar algo más de media hora hasta que volvimos a arrancar. Esta vez, suspiraba, sin más paradas.

Foto: Google

La opacidad de una noche sin luna dificultaba la visibilidad por las sinuosas y cerradas curvas en un balanceo continuo a prueba de mareos. Momento en el que recordé que apenas había probado bocado durante todo el día. Mal asunto. Mientras, el silencioso taxista conducía con aspecto de atención concentrada. Debía conocer muy bien el camino, pensé en un intento de no abandonar la confianza de llegar entera. Su rostro parecía avanzar y retirarse en la oscuridad de las tinieblas con las oscilaciones regulares que provocaba el cruce de los coches que viajaban en sentido contrario. Y cuando la camioneta parecía estar a punto de emitir su último suspiro, llegamos a Müang Sing. 

La ruta hacia tierras desconocdias había llegado a su fin. Respiré aliviada. Un cielo de color humo nos daba la bienvenida rodeado de un halo de misterio de esos que desprenden las ciudades enmudecidas presas de un aire que parece murmurar historias de unos tiempos ya desaparecidos. Su contemplación producía una impresión algo incómoda y perturbadora a la vez. El conductor redujo la velocidad mirando a un lado y a otro de la ventanilla en busca del hostal que le había indicado no sin dificultades. La calle principal de aquel desaliñado y pequeño pueblo aparecía abandonada a su suerte. Tan sólo las centelleantes luces de algunos establecimientos nos alumbraban el lento recorrido. 

Transcurridos unos minutos, tal vez más, nos detuvimos ante lo que parecía un hostal. El único que permanecía abierto a esas horas. La entrega y cortesía de un puñado de kips laosianos, puso final a aquel viaje difícilmente de olvidar. Ante mí, emergía un nuevo capítulo en esta singular aventura que me había llevado hasta un lugar llamado Müang Sing.
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7 mar 2012

Müang Sing en cinco entregas

En un primer momento, todo paisaje se presenta como un inmenso desorden que permite elegir libremente el sentido que prefiera dársele. Así, a las faldas de lo desconocido, me encontraba en el paso fronterizo de Huay Xai (Laos) cuando me dispuse a encaminar mis pasos hacia algún lugar de la siempre bella y enigmática 'Tierra del millón de elefantes'. 

Opciones, como de costumbre, tantas como uno quiera y pueda. Siempre y cuando, claro, el viajero esté dispuesto a dejarse llevar por un tiempo desvirtuado fruto de caminos aletargados que dilatan cualquier distancia por pequeña que sea. Y todo ello, enfrascado en una angosta furgoneta de dudosa conducción y repleta hasta límites insospechados. Un espacio que, a pesar de sus reducidas dimensiones, surgen historias. Relatos construidos sobre rápidos apuntes, inspirados por la oralidad de los locales. Una experiencia que ningún trotamundos debería pasar por alto.

Foto: Danuta-Assia Othman

Así pues y sumida en el ejercicio de síntesis al que se deben los mapas, me dejé llevar motivada por la autenticidad de semejante entorno y su gente. Después de algunos consejos espontáneos de quienes pasaban por ahí, decidí viajar hasta un curioso lugar al que el estereotipo actual había dotado de diversidad etnográfica. Una pequeña población situada a tan solo diez kilómetros de la frontera china que, como en los paisajes exóticos de Henri Rousseau, sus seres alcanzan la dignidad de objetos, donde cada uno ofrece una significación particular. Un territorio patrimonio de una rica historia marcada por el contacto con chinos, tailandeses, birmanos y franceses. En definitiva, un lugar excepcional para observar la heterogeneidad étnica del país.

Foto: Danuta-Assia Othman

Decía en líneas anteriores que nos encontramos en un rincón del globo donde la dimensión temporal acontece en otros términos, otras latitudes que se mueven en una desaceleración constante. Como peaje en este viaje hacia tierras extrañas, tuve que hacer parada y transbordo 'no garantizado' en la provincia montañosa de Luang Namtha, meca del senderismo clásico y tradicional donde acostumbra a quedarse el grueso de los extranjeros. El día había avanzado lo suficiente como para que empezara a anochecer, un sol que comenzaría a descender rápidamente, anuncio de los momentos que seguirían. Una señal que sin duda no iba a resultar de gran ayuda si quería llegar esa misma noche al destino elegido.

Había llegado a la estación de autobuses, una terminal que lejos de aparentar lo que era, más bien parecía un páramo completamente olvidado, situado a las afueras de la ciudad. Las posibles ventanillas que proveían al público los asientos habían colgado el cartel de cerrado a juzgar por la ausencia del personal. Sin demasiada idea de qué hacer, intercambié como pude algunas palabras con los pocos locales que deambulaban ociosos por ahí. Tras un par de llamadas, un tipo me aseguró convencido que al poco tiempo partiría una camioneta hacia Müang Sing. Desde dónde y a qué hora eran dos cuestiones que todavía tendría que averiguar. Algo escéptica, acepté su propuesta sin la certeza de saber a dónde iba. 

Continuará...
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4 mar 2012

Viajes, husos y deshusos horarios

Limbos temporales entre el punto de partida y el destino. Escenarios singulares donde el tiempo, tal y como lo conocíamos hasta ese momento, es reemplazado por otra dimensión. Una dimensión ahora dilatada y suspendida. No importa cuántas veces hayas viajado. 

Los contornos definidos de esta medida aparecen desdibujados en un desorden y absoluta quiebra de lo normal, lo cotidiano y lo razonable. Un cambio de ajustes, para más inri, que desbarajustan hasta al viajero más curtido. Una tarea harto complicada cuyo precio, además del propio vuelo intercontinental, es el de alertar los patrones de sueño. Desincronización, por cierto, enemiga de sonámbulos, noctámbulos y funámbulos. Y es que, por lo visto, el reloj interno tiende a prevalecer cuando viajamos.

Sujetos a la agitación y el desconcierto que provoca la línea imaginaria del Cambio de Fecha (opuesta al meridiano de Greenwich), asistimos aturdidos y agotados a esta efectiva máquina del tiempo. Un espacio donde jugar con el ayer, el hoy y el mañana, si uno logra, claro está, vencer a sus 'efectos secundarios'. A esta paradoja temporal, recordemos, se vio sometido el personaje del solitario y flemático caballero inglés Phileas Fogg en la novela "La Vuelta al mundo en 80 días" de Julio Verne, cuando creyó (erróneamente), haber tardado 81 días.

Y es que viajar a otras latitudes conlleva algunos riesgos como el de tener el ritmo circadiano de vuelta y media (aquello que conocemos como jetlag). Pero, no se retiren todavía, no todo es confusión y desorientación, sino que este trastorno común del viajero tiene algunos beneficios como el de (intentar) ganarle la batalla al tiempo.

Así que si quieren ser los primeros en saludar cada nuevo amanecer, cada nuevo año y ya puestos, cada nuevo milenio, sepan que tendrán que viajar hasta la isla de Tonga, un archipiélago de islas situado en la Polinesia Occidental, en aguas del Pacífico (Oceanía). Como diría el escritor y viajero Sánchez Dragó: "¡Viva el jetlag!".


Foto: Google
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1 mar 2012

Melaka, un paseo fuera del tiempo

Hay otra Melaka, la primera, la más auténtica, la madre de todas las demás. Una Melaka que nos permite otear el horizonte de un pasado enquistado y contemplar los restos del ayer, privilegio de un viaje en el tiempo. Un espacio legendario, un lugar ya de por sí lleno de magia en su realidad física. Objeto de contemplación y reflexión, el sol desciende a la superficie pulida de un mar en calma y nos invita a sumirnos en el rincón del recuerdo, testigo del patrimonio multicultural y de las tradiciones que aquí se forjaron en el transcurso de los siglos.

Una multitud de influencias asiáticas y europeas han dado a 'la ciudad histórica de Malasia' un rostro e identidad sin parangón. Mezquitas, iglesias, templos chinos e hindúes se suceden junto a museos y anticuarios en unas calles que desprenden nostalgia y encanto a partes iguales. Y es que el que fuera un importante centro de negocios en el tráfico marítimo hacia Oriente motivó la llegada de comerciantes procedentes de China, de India y de la Península Arábiga. Entretanto, portugueses, holandeses y británicos protagonizarían, por este orden, la incursión colonial. Un asunto que acabaría en 1956, año en el que Malasia proclama su independencia.

Foto: Danuta-Assia Othman


Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

Así es Melaka, una idiosincrasia marcada por la estrecha relación entre el ayer y el hoy. Una riqueza que encuentra en la arquitectura, la historia y la cultura su máxima expresión. Un reclamo más que suficiente para acercarse hasta este estado situado en la zona meridional de la península, a tan sólo 145 kilómetros de la capital. Un paisaje imantado para viajeros y artistas que no dudan en sucumbir a los irrenunciables atractivos que aguarda a quienes decidan viajar hasta ella... Apacible, soñolienta, plácida y serena, son algunos de los adjetivos que visten la personalidad de este lugar. Aunque, por muchos pluses que se le añadan, el verdadero plato fuerte será siempre su asombroso tejido etnográfico.

Foto: Danuta-Assia Othman

Buscar la esencia de Melaka es abrirse paso, ventilar cualquier idea preconcebida (siempre enquilosada), y regalarse a los pequeños placeres y a los instantes eternos que ofrece esta encantadora localidad. Una fusión de gentes compuesta por los peranakan (comerciantes chinos casados con mujeres malayas), los chitties (de herencia hindú y malaya) y los euroasiáticos (nacidos de malayos y portugueses) conviven entre edificios de un bien conservado distrito museístico que evoca una breve historia de casi todo. Alejada de la impaciencia que gobierna en otras ciudades acosadas por el instinto de reonovación en una especie de eterna juventud transitoria, Melaka abraza la memoria de los tiempos.

Melaka, 'la ciudad histórica de Malasia', remarcábamos en líneas anteriores. Un dato no por repetido menos sorprendente. Vestigios cuyo rastro se mantiene perenne, para suerte y beneficio del visitante. En los festines del pasado encuentra su ser y su justificación. Un lugar genuino que, como el buen vino añejo, te dejará siempre con ganas de repetir.
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26 feb 2012

Jungla de asfalto

Imaginen un escenario antaño devorado por una naturaleza implacable y despiadada en un terreno cálido y húmedo cubierto por una vegetación densa y muy espesa. Una tierra salvaje bajo el dominio de la jungla. Un término, 'jungla' que viene del sánscrito 'jangala', y que, paradójicamente, significa desierto. Pues bien, se cierra el telón y tras algunas sacudidas en la coctelera del tiempo, aparece un enorme bloque de hormigón dispersado bajo el rostro de rascacielos y autopistas, imponentes construcciones de aspecto un tanto futurista que reflejan la importancia económica del lugar. Una realidad que da de sí y se estira hasta lo inverosímil, a la que el estereotipo actual ha dotado de edificios emblemáticos convertidos en todo un símbolo identificativo conocido por todos... ¡Bienvenidos a Kuala Lumpur!.

Kuala Lumpur, una metrópolis en apariencia joven y próspera para delicia de los ajetreados transeúntes ( la capital se fundó en 1857 ), donde la arquitectura se levanta a imagen y semejanza del cóctel de gente que pasea por sus enrevesadas calles. Pero no nos adelantemos. Puesto que si alguna urbe asiática puede presumir del binomio compuesto por naturaleza y asfalto esta es, sin duda, KL. 

Foto: Danuta-Assia Othman

Entenderla quizá sea acercarse un poco más a una historia teñida por un pasado centrado en la explotación de minas de estaño. Un hecho crucial para comprender un desarrollo que avanza vertiginoso. Tanto es así, que su popularidad y crecimiento le ha llevado a posicionarse como uno de los destinos más visitados del sudeste asiático, amén de ser un importante enlace en el tráfico aéreo de Asia. Adjetivos como vibrante, dinámica o colorida nos reciben desde un primer momento en un avance cuya intensidad irá aumentando a medida que nos adentremos en ella.  Y es que esta centelleante urbe tiene la pátina propia de una intrigante mezcla de estilos, fruto de influencias coloniales, de tradiciones asiáticas y, sobre todo, de una fuerte inspiración islámica. 

Foto: Danuta-Assia Othman

Una suerte de olla a presión de imágenes y de sonidos sorprenden al viajero en cada rincón, contrarrestados por los espacios verdes que se extienden ocupando las tres cuartas partes de la ciudad y que actúan a modo de bálsamo vegetal entre tanto calor y hormigón. Recordemos que KL está situada al sur de la península de Malaca, en el valle de Klang. A pesar de los no pocos intentos por continuar con esta frenética expansión, basta con subir a la torre Menara o a las embajadoras Torres Petronas para darse cuenta que todo esfuerzo humano de construcción resulta anecdótico ante un espacio donde la naturaleza, para fortuna de quienes la habitan y la visitan, es aquí dueña y señora.

Como decíamos, naturaleza y asfalto conforman la panorámica de esta singular postal urbana matizada por la heterogeneidad de tradiciones, de culturas y de religiones. Un pasaporte que tiene su mejor representante a esta diversidad que acecha al viajero con tan sólo doblar la esquina. Haciendo honor al acertado eslogan publicitario que puebla marquesinas y folletos turísticos, 'Malaysia, truly Asia', nos encontramos ante una magnífica muestra de multiculturalidad. A las ya conocidas comunidades china e india, se añaden otras procedentes de Indonesia, Nepal, Birmania, Tailandia, Bangladesh o Vietnam, por citar algunos ejemplos. Una interesante mezcla que se manifiesta, en gran medida, en su deliciosa y sabrosa gastronomía.

Para los que aún quieran más, la capital malaya tiene reservada una importante oferta cultural donde quedarse pasmado ante edificios religiosos como las mezquitas de Masjid Jamek y Masjid Negara o el templo hindú de Sri Mahamariamman. Por si fuera poco, el viajero tiene la oportunidad de acercarse a la historia, economía, artes y oficios y cultura de Malasia de la mano de colecciones que alberga, entre otros, el Museo Nacional o el Museo de Arte Islámico. Visitas absolutamente recomendables.

Foto: Danuta-Assia Othman

La silueta recortada de los edificios cuando el sol se torna en una brasa incandescente dibuja el trazo de un horizonte delineado que se alza firme bajo esta fascinante estampa, donde la mirada no puede sustraerse del hechizo que ejerce sobre ella. Un ritual que se repite cada día y, sin embargo, cada día es distinto. Siempre único.

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23 feb 2012

Penang, 'la perla de Oriente'

El viaje, a menudo, se presenta como una forma de conocimiento que compromete la existencia y la revoluciona. En esta praxis de conocimiento del otro me encontraba cuando, las terribles inundaciones que anegaron al antiguo reino de Siam, me obligaron a 'liarme la manta al cuello y a ponerme el mundo por destino'. Las opciones eran pocas, pues el aluvión comenzaba a extenderse por todo el territorio causando estragos de todo tipo y afectando, como no, al sistema de transportes. 

Ante la imposibilidad de llegar a la capital, la única alternativa era coger un tren hacia el sur del país. Una elección que comportaría un escenario ignoto, entregado a la realidad de una exótica y singular tierra: Malasia. Un contratiempo que, tras la incertidumbre más absoluta de los inicios, supondría el descubrimiento de una nueva cultura, para beneficio y grata sorpresa de una servidora. Un conjunto de experiencias inéditas que solo pueden vivirse a partir de un extrañamiento fruto de un viaje imprevisto. Dichoso imprevisto. Un término que aquí adquiere la más amplia dimensión imaginable, donde la capacidad de asombro nos invade, garantía de un gozoso hallazgo. 

Así pues, con la mochila repleta de la emoción propia ante lo desconocido y el contador del conocimiento puesto a cero, llegué a 'la perla de Oriente' o Pulau Penang, una isla conectada a la península por uno de los puentes más largos de Asia. Selamat Datang Malasia! ( ¡Bienvenidos a Malasia! ). 

Foto: Danuta-Assia Othman

Un compendio de encantos asaltan al visitante desde el primer momento. Y es que nos encontramos ante un mosaico cultural que hará las delicias de cualquier viajero. Un microcosmos donde conviven diferentes culturas desde tiempos pretéritos. La diversidad de la población insular conforma una especie de patchwork étnico y se reparte entre la comunidad malaya, la china, la india y la peranakan ( descendientes de los comerciantes chinos que se casaron con mujeres locales ). Pulau Penang o la 'Isla de la Nuez de Betel' se presenta como el representante irrefutable de la multiculturalidad, una suerte de entrada a la mezcolanza racial que domina al país. Todo un canto a la humanidad. 

Su capital, George Town, se sitúa al noreste y es el núcleo principal de la isla. Un dédalo de callejuelas expone a nuestros sentidos al deleite sensorial de un recorrido donde se entremezclan los aromas. Una mezcla de sabores exóticos que harán viajar a nuestro paladar. No está demás mencionar que estamos en la capital gastronómica de Malasia, una de las ciudades donde mejor se come de Asia. Pero aún hay más. Este histórico enclave portuario en la ruta marítima entre Asia y los mercados de Europa y Oriente Medio, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2008. Un reconocimiento que ha permitido la conservación del rico legado cultural de la ciudad. 

Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

En este cruce de caminos, el olfato se ve seducido por las inconfundibles especias de los comercios indios que pueblan el barrio de 'Little India', un viaje interrumpido por la llamada a la oración de los minaretes de las mezquitas que nos recuerdan que la religión oficial del país es el islam. Y, por si fuera poco, las 'shophouses' o 'casas-tienda' tradicionales nos advierten de la importancia de la comunidad china, unas construcciones que la UNESCO ha decidido preservar por su valor histórico y cultural. A este decorado histórico se añaden más de 2.000 hectáreas de desafiantes senderos por la jungla que abarca el Parque Nacional de Penang, situado en el plácido pueblo pesquero de Teluk Bahang, al noroeste de la isla. 

Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Irrenunciables atractivos que nos obligan a vivir y a disfrutar la experiencia del viaje con toda la intensidad de la que uno sea capaz. Recuerden, como decía Séneca "viajar y cambiar de lugar imparten un nuevo vigor a la mente". Lo dicho, bienaventurado contratiempo.
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20 feb 2012

Un alto en el camino

En un país moldeado a su antojo por una naturaleza sin parangón, la variedad de este tesoro despliega, para fortuna del viajero, una mezcla de exuberantes paisajes amén de una fauna extraordinaria. Una suerte de paraíso exótico que le confiere al territorio malayo su bien más preciado. No en vano, las tres cuartas partes de Malasia están compuestas por espacios verdes de los cuales, dos tercios son vírgenes. Una fascinante 'epidermis' dispuesta a sorprender hasta al más curtido en parajes naturales. La autenticidad de semejante entorno representa un reclamo más que justificado. Un lugar donde resulta inevitable experimentar una especial emoción. Y es que pocos lugares pueden rivalizar con los atributos naturales que ofrece la otrora Malaya.

El exotismo, pues, está garantizado. En este singular escaparate de exteriores nos encontramos ante un territorio de intenso sabor tropical. Muchos viajeros se acercan hasta aquí seducidos por unas costas bordeadas de playas que se completan por una densa cubierta boscosa para deleite de los más aventureros. Una salvaje macedonia de flora y fauna de lo más atractiva y sugerente, cuyo encanto se convierte en el protagonista indiscutible en este rincón del sudeste asiático.

Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

En una tierra dominada por el carácter selvático del trópico, aparece un escenario distinto, presto a llevar la contraria y asombrar a partes iguales. A tan sólo cuatro horas por carretera al norte de Kuala Lumpur, nos topamos ante un paraíso de tierras altas compuesto por un paisaje alpino único de picos azules, montículos verdes y brumosas plantaciones de té. Situado al noroeste del distrito de Pahang, Cameron Highlands se presenta como una pausa recomendable a las altas temperaturas que se extienden en el resto del país, gracias a una altura que puede alcanzar los 2.000 metros sobre el nivel del mar. Sus colinas suaves y fértiles laderas hicieron de esta cadena montañosa un destino vacacional creado por los ingleses en plena era colonial. Un pasado todavía palpable a razón de un legado arquitectónico capaz de transportarnos hasta la campiña británica.

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Agroturismo, catas de té o senderismo son algunas de las 'excusas' para permanecer unos días apacibles donde disfrutar del atípico clima suave que goza durante todo el año. Las extraordinarias vistas de este decorado ondulado de verdes hectáreas conforman un panorama singular y, sin duda, fotogénico. Como dice el escritor José Saramago: "Las palabras nunca están a la altura de la grandeza del momento". Tal vez por ello, lo más recomendable es que experimenten por sí mismos una de las maravillas de Malasia. Un espectáculo a degustar, por cierto, con agradecimiento y respeto.


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17 feb 2012

Lugares imaginarios

Nos encontramos ante un destino ignoto, un espacio donde pervive un tiempo legendario y el sueño emprende el vuelo de los grandes mitos. Un lugar con bandera y moneda propia, de los que pueblan la imaginación. Mundos desconocidos que se localizan en la órbita del ingenio y la fantasía. Territorios desprovistos de rígidos corsés geográficos donde moverse en completa libertad, en el sentido más amplio de la palabra. 

Esta es una invitación, pues, a viajar por lugares de ficción, cartografías inventadas imposibles de localizar en los atlas habituales. Un viaje donde descubriremos islas y ciudades perdidas, unos escenarios que nos permiten viajar con la imaginación, prodigio de las mentes que lo crearon. Socorridos mundos oníricos donde acudir cuando la realidad nos lleva al hartazgo de todo cuanto nos rodea. Una suerte de geografía literaria de lo más sugerente. Y es que son numerosas las recreaciones que la literatura ha dado al universo de los viajes imaginarios, tierras siempre misteriosas y lejanas. Responsables, en muchos casos, de despertar la curiosidad y el 'vuelo' de quienes tuvieron la oportunidad de leerlos.

Foto: Flickr 

En este singular ejercicio de geoficción (término acuñado por el geógrafo francés Alain Musser) se impone la necesidad imperiosa de fantasear, ya que nos encontramos ante un camino abonado por la utopía. Concepto, por cierto, que deriva de 'utopos' y significa 'sin lugar'. Una práctica que se remonta hasta épocas abrazadas por el manto de la mitología griega, celta, mexicana o tibetana, por citar algunos ejemplos. Entre ellas destaca 'Atlántida', una ciudad mitológica descrita por Platón en su obra 'Diálogos'. Dicha isla, ya desaparecida en el mar, tendría un tamaño que superaría, en palabras del filósofo griego, a 'Libia y Asia juntas'. Una conocida leyenda desde la antigüedad que ha sido visitada de nuevo por escritores como Julio Verne en '20.000 leguas de viaje submarino' (1869), entre otros.

Escondido en algún lugar más allá de las montañas nevadas del siempre espectacular Himalaya, nos topamos con 'Shambhala', un reino mítico creado por la tradición budista tibetana, construido para eliminar el odio de un mundo dominado por la guerra y así comenzar una nueva era dorada. Cambiamos de continente para perdernos en algún lugar de las Islas Británicas, morada de brujos y hadas en numerosas fábulas de origen celta: 'Ávalon'.Y, ya que estamos, atravesamos las aguas del océano Atlántico para explorar 'Aztlán'. Según la mitología mexicana fue una especie de paraíso o Edén en forma de isla, desde donde partirían los aztecas. Su importancia en el imaginario colectivo creció de tal modo que durante el s.XVI se organizaron varias expediciones encabezadas por españoles. La lista podría continuar en una extensión sin contornos definidos. 

Seguimos avanzando. Esta vez hasta la literatura de los más pequeños. Memorables obras de unas estanterías que rebosan de ilusión y descansan sobre una capacidad inventiva sin límites. Escenarios fantásticos como 'Oz' de L. Frank Baum, 'La historia interminable' de Michael Ende o la isla imaginaria, más conocida como 'El País de Nunca Jamás', de J.M. Barrie. Un cosmos donde viajamos también hasta las tierras que visitó Gulliver en las aventuras relatadas por Jonathan Swift como la isla de los inmortales o 'Luggnagg,' el país de 'Balnibarbi' o la nación isleña de 'Liliput'.

Unos decorados, en definitiva, que no sólo sirvieron para ambientar en ellos las narraciones, sino que alimentaron la imaginación a través de un viaje iniciático sin parangón, al que entregarnos siempre que queramos desde cualquier rincón y saborear las mieles de la fantasía. Así de fácil. Unas mágicas e inagotables fuentes de inspiración de las que también beben el mundo del cine y el cómic (recordemos los países de 'Syldavia' y 'Borduria' de Tintín). Lugares procedentes de épocas imprecisas que existirán cuanto mayor sea su indefinición respecto a su referente real, un ámbito personal donde dar rienda suelta al reino de la invención.
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14 feb 2012

Vietnam, turismo de guerra

Pocas veces una película ha influido tanto en el imaginario colectivo de toda una generación como lo hizo Apocalypse Now de Francis Ford Coppola. Un film que ha trascendido hasta alcanzar una dimensión mítica y simbólica, convirtiéndose así en un icono, 'en la película de Vietnam'. Muchos recordarán la legendaria frase que el director estadounidense pronunció en el festival de Cannes: "Ésta no es una película sobre la guerra de Vietnam, esto es Vietnam". Pues bien, ha pasado algo más de tres décadas desde su estreno y, sin embargo, su legado continúa.

Seducidos por una oferta turística dispuesta a satisfacer el fetichismo bélico del viajero, son muchos los que viajan hasta el que fuera reino de Funan buscando algo del Apocalypse Now de Coppola y Vietnam se lo ofrece, a cambio de un puñado de dólares. Una nación de inquebrantables optimistas capaces de convertir un pasado relativamente reciente en una oportunidad de negocio que se esconde tras los campos de batalla, los museos de guerra y los lugares históricos. 

Foto: Danuta-Assia Othman
 
Mientras el país repite su mantra "Vietnam es un país, no una guerra", las agencias de viaje bajo el paraguas del Ministerio de Turismo vietnamita fomentan las visitas utilizando todo tipo de reclamos, exhibiendo así a un pueblo que no oculta sus heridas de guerra. Recuerdos que se convierten en una especie de atracción turística en lo que supone un viaje iniciático en la historia para unos y un peregrinaje doloroso para otros. El singular recorrido permite mostrar algunos escenarios de guerra como piezas de un rompecabezas narrativo.

No importa por dónde se empiece, las opciones de este turismo de guerra atraviesan la geografía vietnamita en un claro ejemplo de cómo sacarle rentabilidad a un hecho que se cobró la vida de tres millones de vietnamitas. Las guías de viaje insisten pues en que visitemos muesos de los vestigios de la guerra, monumentos a los héroes caídos como el mausoleo de Ho Chi Minh en Hanoi, amén de toda clase de souvenirs, desde los emblemáticos cascos del Vietcong, condecoraciones, falsos mecheros Zippo supuestamente extraviados por marines estadounidenses hasta camisetas con la imagen del 'Tío Ho', por mencionar algunos ejemplos. El turista quizás encuentre el plato fuerte en los claustrofóbicos túneles Cu Chi, situados a 70 kilómetros al norte de Saigón ( rebautizada Ho Chi Minh ). Más de 200 kilómetros de extensión que comenzaron en 1948. La guinda de este amargo pastel alcanza su cenit ante la posibilidad de disparar un fusil Kalashnikov con munición real.

 Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Habrá que preguntarse si al final del 'viaje' se tiene una visión global e impactante de todo el conjunto, en una imprescindible y necesaria toma de conciencia sobre el significado y el fondo moral de la guerra. Un espacio de reflexión que bucea en el carácter del combate. Esto implica que el asunto importante del conflicto, el de sus consecuencias, quizá hace ya tiempo que se ha banalizado o tergiversado a costa de llenarse los bolsillos. Juzguen ustedes mismos.
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11 feb 2012

El cuarto elemento

Nuestro invitado se presenta como la arteria vital del sudeste asiático, un icono geográfico de la otrora Indochina. Se erige como pilar indiscutible e indisociable de la riqueza de esta región. Sustento y fuente de ingresos de miles de personas, en sus márgenes han proliferado aldeas y pueblos. Su idiosincrasia y magnitud le lleva a protagonizar numerosas festividades de sabor local como el Bon Om Tuk en Camboya durante el mes de noviembre, amén de una literatura que encuentra en él su inspiración. Llanuras, montañas, costas, manglares e islas completan la orografía de un espectáculo que se escribe con mayúsculas: el imponente y majestuoso río Mekong. 


Foto: Danuta-Assia Othman

Conocido popularmente como la puerta del sudeste asiático, su nombre evoca numerosas historias, algunas de ellas elevadas a la categoría de mito. Relatos de un ayer no tan lejano cuando, recordemos, los franceses intentaron sin éxito encontrar una ruta navegable río arriba hacia China.  

Desde tiempos ya idos, son muchos los que se han visto seducidos por la estela de la madre de todas las aguas. Convertido en leyenda, puede presumir de ser el único de los ríos asiáticos que discurre por seis países. Un vasto recorrido que se acerca a los cinco mil kilómetros donde atraviesa una misma región compartida por realidades variopintas que responden a culturas distintas en un viaje cuyos orígenes hay que buscarlos en la meseta tibetana en China y continuar por Birmania, Tailandia, Laos y Camboya para desembocar en Vietnam, lugar en el que exhibe su esplendor con sus nueve brazos hasta abandonar sus aguas al mar de la China Meridional. Un camino que aguarda el legado de un historia trufada de sucesos y relieves determinados por el paso estratégico que marca el curso del río.

Para capturar el espíritu de tan majestuoso enclave basta con esperar a que termine la estación de lluvias y adentrarse por alguno de sus interminables y encantadores trayectos a bordo de un transbordador de pasajeros o un barco de mercancías. Sus afluentes como el Nam Ou a su paso por el norte de Laos, se presentan como una alternativa suculenta alejada de las rutas más concurridas que convierten la navegación en una experiencia carente de encanto y atestada por un curioso grueso de extranjeros con 'ganas de pasarlo bien'.  Una estampa repleta de detalles que variarán en función del lugar en el que nos encontremos. Y es que estamos ante un accidente geográfico políglota que obedece a diferentes nombres como Lancang ( en China ), Ménom Khong ( en Laos ), Tonlé ( en Camboya ) o Mae Nam Khong ( en Tailandia ). De la contracción de esta última debe su nombre popular conocido por todos como 'Mekong'.


Foto: Danuta-Assia Othman


Foto: Danuta-Assia Othman

Algunos tramos como el delta del Mekong o Cuu Long en Vietnam, han sucumbido al apetito de un turismo de masas ávido por lo exótico, convirtiendo una necesidad en una realidad ficticia que ralla lo circense. La reflexión encuentra su 'butaca' en los peligros que hoy en día amenazan la salud del río: desde la contaminación y la construcción desmedida de presas por parte de las empresas hidráulicas a la práctica de técnicas de pesca agresivas que aceleran la destrucción de su ecosistema. Dada su importancia, sorprende saber que no existe ninguna política medio ambiental, una delicada situación de complicadas consecuencias si consideramos la absoluta dependencia vertebradora de las gentes que lo habitan. Un impacto innegable a valorar y a reconsiderar en unas aguas que se mueven en un futuro incierto. 
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8 feb 2012

Antes, durante y después del viaje

Este podría ser el título que diera comienzo a una serie de consejos de carácter preventivo para el viajero. Una información sin duda a considerar y en ocasiones de gran utilidad. Lejos de datos que apelan al pragmatismo, esta es una invitación al significado del viaje, a aquello que acontece en la mismísima génesis de la idea y nos acompaña hasta el siguiente rumbo. Una sensación que adopta tantas formas como rostros existen. Un síndrome que, a riesgo de divisarlo, resulta difícil desprenderse de él

Ya lo decía el literato Noel Clarasó: "Lo mejor de los viajes es lo de antes y lo de después". Desde el reino de la ilusión y la expectativa, de todo lo que podría ser incluso antes de que pongamos pie, hasta el retorno, momento donde la recreación cobra protagonismo y eleva el viaje hasta su idealización. Sea como fuere, lo que está claro es que con cada viaje se produce un cambio de vibración donde el hallazgo (a todos los niveles) es inconmensurable. No importa cuántas veces hayas viajado ni cuántos horizontes hayas avistado. Este poderoso reclamo sorprende como un espejismo hasta dejarnos frente a frente con la alteridad

El efecto que produce no entiende de fechas ni caduca con el retorno sino que se extiende en un variado repertorio a merced de su disfrute. Un ejercicio al servicio de la construcción de nuevos siginificados. Y, como resultado, la riqueza de una recompensa que se presenta al viajero llena de matices y anécdotas. Degustarlo como es debido requiere la puesta en escena de los cinco sentidos, solo así alcanzaremos ese valor añadido. 

Conviene señalar que la poética del viaje no acecha a todos por igual y se expande en el camino a modo de fórmula sustancial. Momento en el cual la cuestión del viaje adquiere un carácter especial y diferente. Los tempos, hemos dicho, escapan a cualquier calendario por lo que su perdurabilidad dependerá en gran medida de nuestro apetito viajero. A pesar de las mutaciones que han acompañado al viaje a lo largo de los tiempos, la inquietud del mismo ha estado constantemente presente. Una condición que aúna hasta la más grande de las diferencias y que habla un lenguaje universal. Algunos dirán que no se puede explicar con palabras, otros simplemente asentirán al verse reconocidos por esta sensación absolutamente embriagadora. Si eres uno de ellos, sabrás del privilegio de formar parte de esa curiositas definida por Odiseo.

En esta danza por vivir la novedad, conocer lo desconocido e impresionarse por todo lo que rodea, corresponde a sus afortunados guardarla a buen recaudo. Solo así lograremos asegurarnos la continuidad de esa impresión o sentimiento que nos empuja a movernos. ¡Buen Viaje!.

Foto: Danuta-Assia Othman
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5 feb 2012

Hechizo a la orilla del Golfo

Paraísos hay muchos, e islas tantas como uno quiera imaginar. Bellos enclaves naturales donde el protocolo, no sólo permite sino que obliga, a repanchigarse en una hamaca a la orilla de alguna virgen y solitaria playa mientras se disfruta de unas vistas mecidas al son del mar. Lugares donde huir de los rigores del invierno del viejo continente, cuyo objetivo es preparar nuestro espíritu y romper la conexión con el mundo exterior.

En este particular canto al hedonismo aparece la isla de Koh Tao, situada en la costa este del Golfo de Tailandia, en la provincia de Surat Thani. Su esencia de paraíso tropical cumple uno a uno todos los tópicos en sus escasos 21 km², un genuino carácter que ha conseguido dar con la fórmula perfecta del exotismo más calmado del sur del país. Un emplazamiento de dimensiones reducidas bendecido por las aguas del Golfo y la riqueza de unas tierras que exhiben una tupida vegetación en un auténtico muestrario de la naturaleza. Pero, lo mejor de Koh Tao, lo que realmente la convierte en un objeto de deseo, es que no haya apenas nada que hacer, a dejarse llevar por el capricho de sus bellos paisajes dispuestos a calmar al más inquieto de los viajeros. 

 Foto: Danuta-Assia Othman

 Foto: Danuta-Assia Othman

Lo difícil es decidir que es más bello, las apacibles calas de arena blanca con sus formaciones rocosas de piedra calcárea o su interior, tapizado por interminables palmeras que añaden frondosidad a un de por sí paraje selvático. A medida que se superan las capas exteriores de esta jugosa isla, la experiencia gana en sabor. Meca del submarinismo, esquivar las decenas de centros de buceo asegura una lanzadera al exotismo de una manera amable.

Entre caminos empinadísimos que llevan a los hoteles que disfrutan de unas panorámicas vistas, la isla despliega un escenario dispuesto a dejar con la boca abierta. No es fácil llegar hasta aquí andando, pero sí, aún así, uno se empeña en intentarlo, hay que aprovisionarse de ingentes cantidades de agua y prever algunas vueltas de más como peaje. Moverse por las entrañas de Koh Tao complementan una experiencia en un enclave que supera lo idílico amén de una naturaleza que se presenta aquí generosa y bella la mires por donde la mires. Las cabañas como única edificación añaden la nota sostenible de un turismo que todavía mantiene su cara más amistosa. 

 Foto: Danuta-Assia Othman

Dejarse tentar por este irresistible plan garantiza unos días de reposo sosegado en sentido literal, donde holgazanear se convierte casi en ‘actividad’ obligada. Un destino que nada tiene que envidiar a sus concurridas vecinas Koh Pha Ngan y Koh Samui. Un maridaje perfecto que ofrece al viajero algo más que sol y playa, y que guarda en la recámara un embriagador elixir paradisíaco difícilmente de olvidar. Con todo y con eso, Koh Tao es una delicia. 

 Foto: Danuta-Assia Othman
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1 feb 2012

Galería Camboya

Camboya seduce a la cámara de Viajes en Caleidoscopio y descubre un país lleno de encantos, amén de ser uno de los pueblos más amables del sureste asiático. 

Fotos: Danuta-Assia Othman 

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