3 abr. 2012

Por tierra, mar y aire: Tailandia

En el esbozo de un sendero, en el intento de un camino. Éste podría ser el comienzo de todo viaje, momento donde se adivina el trazo de un recorrido dibujado primero en la imaginación, preámbulo de un itinerario que decidídamente pasará por muchas estaciones, con sus días y sus noches.

Punto inevitable de partida donde el destino, a veces, poco o nada importa y cuya magia va más allá de su asombrosa geografía. Pues como decía Robert Louis Stevenson, "lo importante no es llegar, sino ir". Un lema que resulta aleccionador y que nos sitúa en primer plano al valor del camino, como si se tratara de un paciente viaje. Así, dispuesta a perderme en la belleza del camino llegué al alba de una monzónica mañana a la capital del anitguo reino de Siam, Tailandia, con una suerte de andamio, una ruta a recorrer que pronto se vería subordinada a las múltiples formas de desplazamiento, dispuestas a dilatar cualquier voluntad de llegar según lo previsto.

En un escenario muchas veces experimentado y sabido, conviene rechazar de buenas a primeras el camino transitado, pues conduce irremediablemente hacia donde otros ya fueron. En el cortejo que aborda el país de la eterna sonrisa, los pretendientes son muchos, para todo tipo de bolsillos y se mueven por medios diferentes: tierra, mar y aire. Un formato que sin duda modificará nuestro encuadre y, por tanto, nuestra percepción de aquello que vemos proyectado tras esa ventanilla de menor o mayor tamaño. De nuevo, la elección de uno u otro estará sujeta al tiempo y, naturalmente, a la paciencia que dispongamos pues a menudo las interminables jornadas se presentan entretenidas y agotadoras a la par. Ganarle la batalla al cansancio garantiza la genialidad del encuentro fortuito y enriquecedor que convertirá al trayecto en una experiencia memorable. Pues la idiosincrasia del transporte definirá indefectiblemente la forma y el contenido de nuestra aventura.

Foto: Danuta-Assia Othman

Seducida por los relatos que aguardan al viajero de a pie, mi primer impulso es caminar hasta decir basta. No conozco una forma más carismática y beneficiosa de conocer un lugar que a golpe de mapa y, sobre todo, de sentido de la orientación. Un primer acercamiento imprescindible para explorar a fondo cualquier lugar. Perderse en el zigzagueante camino de la espontaneidad invita a la sorpresa del encuentro no articulado, un ritmo que circula al antojo de uno mismo, reinventando cada paso, dotándole de un nuevo sentido. Circunstancia donde tiene cabida todo tipo de historias inesperadas capaces de alterar (por suerte) el rumbo de nuestras intenciones. Solo así, entregados al azar que con frecuencia sacude a los viajes, conseguiremos percibir la esencia del destino.Y es que el sabor es más delicado con la dosis más pequeña. Para muestra el transporte local  de cualquier población tailandesa compuesto, en mayor o menor medida, de los conocidos (y ruidosos) túk-túks, sawngthaew (pequeñas camionetas con una fila de asientos a cada lado), taxis, mototaxis y, en las grandes ciudades, los autobuses interurbanos que transitan gran parte de estos espacios. Barreras idiomáticas y preciso regateo aparte, resulta bastante fácil moverse a través de ellos.

Seguimos avanzando hasta que las distancias por tierra se extienden lo suficiente como para contemplar otras opciones. Esta vez de la mano del impersonal y veloz avión o de los no tan rápidos pero sí más interesantes autobuses y trenes que, además, llegan a casi todas partes por un coste más que razonable. Optar por cualquiera de ellas, supone sumergirse en un universo pintoresco de personajes de toda clase y condición, donde los imprevistos aliñarán el resultado de nuestra elección y que a buen seguro nos tendrán reservados una buena dosis de anécdotas.Y es que la hospitalidad de los tailandeses se suele manifestar en este tipo de medios como el tren, repletos de vendedores ambulantes que recorren insistentemente el pasillo con comida para beneficio del viajero poco previsor.

Destino exótico por antonomasia, el país ofrece la oportunidad de surcar sus aguas y alcanzar así las singulares costas, ya sea embarcados en alguna de las llamativas y coloridas barcazas de popa larga o abordo de los ferrys que facilitan el acceso hasta las deseadas islas del Golfo a un módico precio.

Continuamos y nos damos cuenta que poco importa que lleguemos al destino elegido, pues siempre hay viaje, siempre hay destino. Y es que hay algo muy sutil en volverse a mirar el camino andado. Tonifica, reequilibra y permite otear el esplendor del horizonte retratado.

Foto: Danuta-Assia Othman 


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Siguè dandomè ganas de viajar bèsos....ET....

Danuta-Assia Othman dijo...

encantada de hacerlo! :D

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