28/05/2012

El encanto de Battambang

Un oasis de horas lentas para el reposo del viajero. Así es Battambang, una ciudad que en el estéril ranking turístico camboyano ocupa la cuarta posición (después de Siem Reap, Phnom Penh y Sihanoukville). Una apreciación generalizada que comparte todo aquel que decide pasar unos días a merced de sus aletargadas avenidas.

Con un puñado de atractivos que se concentran en los alrededores de la población y que abandera el manido tren de bambú, esta pequeña población a medio camino entre la capital y el epicentro de la nueva Camboya, Siem Reap, presume y compite con su vecina Pursat por tener las naranjas 'más jugosas'. En su interior, predominan sus bulevares de árboles umbrosos y un río de curso tranquilo, el Stung Sangker. Poco más necesita el viajero para empaparse de esa atmósfera amodorrada que circula y contagia entre sus polvorientas y arrinconadas calles.

Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

Así transcurrieron los días que pasé en Battambang, empapados de la relajada cordialidad de un pueblo que convierte el tiempo invertido en una suerte de limbo de apariencia distraída. Pues, ya en la longitud del recuerdo, la evocación de lo que fue se pierde en los derroteros de una percepción confusa, adormilada. Tras un tiempo integrada entre su modesto y tímido encanto, las intenciones que impulsan al descubrimiento de seguir caminando se tornan holgazanas mientras disfrutan de la sugerente combinación arquitectónica de edificios coloniales y templos budistas. Un estado de conservación de estos últimos que sorprende a la entretenida vista mientras reflexiona acerca de cómo salieron ilesos al período de los jemeres rojos, gracias a un comandante que desatendió las órdenes de sus superiores.

Es posible que el viajero, ávido de genuinos contrastes, sienta un justificado desasosiego a modo de prólogo. Dejarse llevar supone la mejor receta para saborear así de la serenidad de un destino entumecido, de carácter reservado y aire silencioso. Pues es aquí, precisamente, donde el viaje encuentra insospechadas tonalidades que, muchas veces, parecen no estar hechas para el sorprendido occidental. Una observación más. Algo en su interior invita al recogimiento, al intimismo. Un lugar donde todo parece oculto y a la vez visible. 

Foto: Danuta-Assia Othman

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25/05/2012

¡Birmanízate!

El viaje no comienza cuando uno quiere. El viaje empieza cuando a uno le invade la sensación de que ya no es de este mundo, sino de aquél al que se dirige. Una impresión que ahonda en las puertas de la percepción y que conlleva al inevitable arrastre y empuje. Una emoción que me acompañó durante todo el tiempo que compartí con la ONG Colabora Birmania en la localidad fronteriza tailandesa de Mae Sot.

Y es que Mae Sot es un lugar al que hay que ir con lupa. O con la siempre excelente receta de Stevenson: la virginidad de los sentidos. Pues estás llegando, lector, a una tierra azotada por las injusticias y el sufrimiento de los refugiados e inmigrantes birmanos, desplazados por el conflicto atroz de un país acorralado por una dictadura militar de larga dominación. Una inmoralidad, una sinrazón a la que el ejemplar equipo de Colabora Birmania (Javi, Mery, Carmen, Marc y Dani) trata de plantarle cara con un 'basta ya' a modo de indispensables proyectos solidarios que despiertan el aplauso, con el objetivo de mejorar las condiciones de vida de la población birmana desplazada.

En esta visita preceptiva e inevitable de todo viajero que recale por Tailandia, el diligente y tenaz trabajo de estos viajeros de ímpetu solidario se muestra como una herramienta de transformación, un estado de conciencia donde la vida transcurre con otros parámetros. El camino más recomendable arranca por cualquiera de sus iniciativas que desde hace cuatro años, mantienen con la responsabilidad de quienes se comprometen y entregan a esta causa en cuanto la luz derrota a la oscuridad. Esfuerzos y recursos barnizados por la ilusión y la determinación que dan abrigo a la infraestructura, la educación y la sanidad que a través de diversos centros y escuelas pivotan su absoluta y loable dedicación.

Foto: Colabora Birmania

Pasando por todos los puntos palpitantes el viajero que acude a conocer encomiable tarea percibirá la Mae Sot que no se ve, que parece oculta tras un decorado que no llegas a alcanzar y que cuando lo atraviesas se muestra tan enriquecedor que no lo quieres dejar atrás. Pues la ilusión matizada por los conocimientos y la experiencia con la que Colabora Birmania apunta su solidaria misión resulta necesariamente contagiosa. Un entusiasmo que con grandes dosis de imaginación, comporta la ideación e implementación de ingeniosas iniciativas como la reciente creación de una aplicación diseñada por los niños birmanos para recaudar fondos para su causa.

En esta suerte de agencia de viajes portátil en la que se ha convertido el mundo de las aplicaciones móviles enfocadas al viaje, multiplicando las posibilidades, servicios y formas de interacción, aparece esta original propuesta apadrinada por la tecnología. Un servicio con el que podrás hacer un seguimiento de la labor de la ONG, además de poder colaborar de manera directa en el proyecto que tú elijas. 'Ellos lo imaginaron. Ahora te toca a ti hacerlo realidad', un lema aleccionador que abandera sus intenciones y que mueve a la admiración de quienes, como una servidora, tuvimos la oportunidad de conocerles. ¡Birmanízate!


  


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21/05/2012

El embrujo de Phnom Penh

Estación inicial, inevitable punto de partida, kilómetro cero. Ciudad de extremos, de pobreza y de excesos, con encantos y desencantos acordonados por la seducción de un caos singular. Un shock para los sentidos, una falta de guión, de hoja de ruta. Un rumbo cuyo eje se va desplazando al mismo tiempo que nosotros.  

De trazado fácil de recorrer y difícil de digerir, Phnom Penh (léase 'Nom Pen') se presenta al viajero con los sinsabores de un encuentro marcado por los sonidos de una vida diaria que avanza al compás del comercio y la mera supervivencia. Situada a orillas del Mekong, la capital del que fuera el Imperio jemer es una hormigueante metrópolis de cuantas existen en el mundo. Barnizada por un comienzo de leyenda, la historia cuenta que fue fundada cuando una anciana llamada Penh encontró cuatro imágenes de Buda a orillas del río Mekong. Al parecer, la mujer las ubicó en una cercana colina, y la urbe que creció alrededor pasó a ser conocida como Phnom Penh, la colina de Penh.

Mercado Psar Thmei. Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

Al arrimo, y en sus calles, se mezclan los olores acres que desprenden sus mercados, mientras un enjambre de motocicletas se impacienta a golpe de bocinazo ante el desacierto del peatón desacostumbrado. Y es que el occidental que llega de nuevas siente tal bofetón que tarda su tiempo en recuperarse, y cuando lo hace sufre el segundo bofetón, el de la dependencia. Pues contonea la ventaja y el aliciente de ostentar una atmósfera que exhala el hechizo de la antigua Asia. Esta ciudad que ya desde el siglo XVI atrae a una gran cantidad de comerciantes chinos e indonesios, atrapa las voluntades del viajero hasta dejarlo en ese estado insólito en el que, claramente, se disocian el tiempo y el espacio.

Decía el narrador y poeta estadounidense Faulknen que un paisaje sólo se conquista con la suela de los zapatos. Con un sistema de cuadrícula implantado por los franceses, la ciudad resulta de lo más amigable a la orientación del visitante, auxiliada además por unas dimensiones que permiten empaparse de sus muchos rincones en un puñado de días y noches. Lugares de interés aparte (tarea que dejo a las nada livianas guías), la recomendación que le hago al viajero que se enfrenta por vez primera a este rincón de la Kampuchea Democrática, es la de extraviarse de los itinerarios pisoteados y abandonarse al despiste de no llevar mapa. Un ejercicio sugestivo a las puertas de la percepción que nos ayuda a redefinir nuestras geografías particulares.

Si has llegado hasta aquí lector, deberás saber que esta síntesis de palabras que desnudan a la experiencia no son más que el disfraz de verdades más profundas. Aquellas que se adivinan y se estrechan en la complicidad del viaje realizado. Un último consejo, muévete, siéntate, vuelve a caminar, mira y continúa viendo. Que lo disfrutes.


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18/05/2012

Viajes al pasado

Historias que abren nuevos horizontes. Memorables aventuras de la historia con las que adentrarse en la génesis del relato de viajes que, desde tiempos pretéritos, no ha dejado de evolucionar.

Una suerte de oasis detenido en el tiempo, aquel que se ocupa de preservar una herencia repleta de narraciones misteriosas, tan presentes entre quienes pueblan los mundos naturales antiguos. Y es que en la lectura de sus páginas todo suena a viaje, a descubrimiento y a contemplación. Elementos que rotulan el paisaje que, con gran capacidad evocadora, nos muestran estos obstinados viajeros del pasado. Unas firmas que suelen pasearse con pausa y tino por el imaginario del viajero nostálgico. Pues, recordemos, en cada viaje siempre hay una historia que perseguir y explorar.

Refugiados en el recuerdo de los días pasados, nos sumergimos en ensoñaciones de viajero nostálgico, en literaturas aventureras. Apartados de la urgencia del mundo, la inquietud crece entre nosotros y afinamos nuestros sentidos. Son experiencias enmarcadas en el devenir del tiempo donde la imaginación aparece imprescindible para desenvolverse por estos territorios, en los que, a menudo, tan solo una delgadísima línea separa la leyenda y el mito. En este viaje de rodaje e investigación asistimos al ánimo y al espíritu emprendedor de las grandes gestas, a los momentos primigenios de la narración del viaje. Unos textos que presentan mucho carácter y mucha historia. Pues resulta complicado comprender un lugar sin entender nada de su antes, de su esencia.

Y es que es harto recomendable echar mano de estos ejemplares capaces de trasladarnos hasta lugares colgados en el tiempo. Es historia viva, adquiere un valor superior, te rodea y te envuelve. Basta con alargar el brazo entre la estantería de cualquier viajeteca para aprender del saber mostrado por otras culturas, además de resultar una importante fuente documental para el estudio de la época. Aparece entonces el viaje como una singular ciencia más que una mera actividad de ocio. 

En este ejercicio retrospectivo del deleite viajero, me dejo llevar por el Surinam de finales del siglo XVII junto a Maria Sibylla, para después dar un salto hasta mundos victorianos con lady Mary Montagu, quien fue la primera occidental en acceder al interior de los harenes otomanos. Un espectáculo en sesión continua en el que cada capítulo requiere una parada. Propuestas literarias que narran grandes viajes con los que revivir inusitadas experiencias.
Foto: Google
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14/05/2012

'BuscoUnViaje'

Imaginen el destino soñado, aquel que abandona el tedio de lo cotidiano e invita al vuelo de lo imaginado. Dicen las voces acreditadas que los viajes están hechos de la misma materia que los sueños. Dicen algunos, como Carl Sagan, que 'en algún sitio algo increíble espera ser descubierto'. Dicen. Palabras arrojadizas que estimulan el impulso por continuar. Pues como apunta la atinada cita de Mario Benedetti: 'No vayas a creer lo que cuentan del mundo ya te dije que el mundo es incontable'.

Y en esta suerte de sima, de subcapa interna que ahonda en la corteza del viaje, me encuentro rodeada de destinos por cumplir, una colección de lugares con los que desentrañar la alteridad. Ese concepto filosófico del mágico verbo viajar que nos ofrece la capacidad de ser otro para descubrir, al fin, que tal vez no exista semejante diferencia. Unos y otros convertidos en sinónimos al abrigo del siempre necesario y enriquecedor viaje. Para romper así con el paraguas de la quimera, aquel que barre al sueño de la ilusión, de la fantasía.

Abstraída en dicho decorado aparece en escena un buscador de viajes capaz de extender el horizonte de lo ideado: BuscoUnViaje.com. Con una suculenta propuesta de generoso sorteo me postulo con estas palabras. ¿El (espectacular) premio? Disfrutar del viaje que yo elija entre los más de 800 viajes a más de 500 destinos que se pueden reservar a través de este portal web. Un buscador que sale al encuentro del viajero en busca de inspiración. 

Una musa con la que apunto al destino escogido si ganara el sorteo: Etiopía siguiendo la estela de los últimos aventureros, desde la depresión del Danakil a los montes Simien. Una decisión de difícil elección que compite con otros rumbos como recorrer a caballo junto a los nómadas de las estepas de Mongolia o navegar por tierras polares y recorrer Groenlandia en kayak, rodeada de un espectacular escenario de icebergs y frentes glaciares. Un juego del azar que además ofrece un premio a los lectores pues BuscoUnViaje.com sortea un vale de 250€ entre todas aquellas personas que dejen un comentario.

La suerte, dicen, está echada.





 
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11/05/2012

El viaje de Jane Goodall

Es una tarde de notas intensas, de esas que impregnan la esencia de una atmósfera que evoca la valentía, la tenacidad y el espíritu aventurero de su protagonista, la primatóloga Jane Goodall. Digna heredera de sus antepasadas las exploradoras del siglo XIX, esta mujer de calidad humana impresionable sorprende por la vivacidad de una mirada que despierta la expectación de todo aquel que la rodea. De silueta grácil y rostro inmutable a la ilusión y a la determinación de quienes se aferran a los sueños hasta conseguirlos, Jane desprende una energía capaz de conmover y algo más con unas palabras cuidadosamente escogidas y tremendamente inspiradoras.

En un intento por aprehender un discurso de una sensibilidad que casi puede asirse, tomo notas no sin torpeza ante la emoción y el entusiasmo que comporta conocer a una persona de semejante naturaleza y excelencia. Con un público enmudecido y apasionado ante su presencia, las texturas emocionales se van apoderando poco a poco de la sala de actos del edificio del Rectorado de la Universidad Autónoma de Barcelona, hasta respirar unas bocanadas que enriquecen el ánimo de los allí presentes. No en vano, nos encontramos ante una vida entregada a preservar la naturaleza, la vida de una mujer que cambió la forma de pensar sobre nuestros parientes más próximos, los chimpancés. Una vida comprometida que le llevaría a vivir durante décadas en su continente soñado, África.

Foto: Danuta-Assia Othman

Y a propósito de sueños y quimeras recupero entonces una atinada cita del periodista y novelista francés León Daudet: 'Solo es capaz de realizar los sueños el que, cuando llega la hora, sabe estar despierto'. Esto mismo debió sucederle a Jane cuando en 1957 llegaba a Kenia. Un lugar donde conocería al paleontólogo Louis Leakey, quien precisamente buscaba un asistente para realizar un estudio de campo con los chimpancés de Gombe, a orillas del lago Tanganika. El camino, sin embargo, no ha sido fácil. Amenazada por las enfermedades, los temidos cazadores furtivos y la propia soledad, esta primatóloga, naturalista y activista no ha cejado, empero, en su empeño. Una persona excepcional a la que han llegado a comparar con Mahatma Gandhi.

Con una energía que supera exponencialmente a su edad, Jane nos transmite un mensaje de optimismo que titula 'Razones para la esperanza'. Una profunda reflexión de comprensión clara y sencilla que invoca al poder que tenemos cada uno para transformar aquellas cosas que nos preocupan. Palabras que extienden el discurso que, desde 1977 con la creación del Instituto Jane Goodall, promueve el rol activo de las comunidades en la conservación de su medio ambiente. Y es que, África, le cambiaría la vida para siempre. Una activa labor sin ánimo de lucro que sigue desempeñando en el nombre de la biodiversidad.

La complicidad del ocaso acompaña el final de este especial encuentro no sin antes lanzar un dardo a la diana del llamado turismo responsable, al que reclama la obligación de mejorar las vidas de la gente local, dejando que sean ellos quienes construyan el orgullo de sus recursos naturales.  La crónica de este memorable acto llega a su fin dejando paso al reposo merecido de los grandes acontecimientos, desde donde digerir el profundo y enriquecedor impacto que me causó conocerla.
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07/05/2012

Encuentro de caminos

Sucedió sin más. Una sacudida de espontaneidad en el modo de proceder del viaje dio lugar a un encuentro singular. Un hallazgo fruto del azar que a menudo azota al viajero y le brinda la oportunidad de conocer y compartir el camino junto a otros de su misma especie. Y es que, por fortuna, el cruce del viajero está repleto de tropiezos con memorables vagamundos. 

Son muchos los rostros con los que coincidí en mi rodeo por Laos. Rostros, algunos, que se confunden en el recuerdo y la percepción. Otros, sin embargo, protagonizan las texturas emocionales de unos días acampando entre los arrozales y las montañas que los abrigan en el hechizante Laos septentrional. Rodeados de esa belleza que hace trabajar la imaginación y la reflexión, compartimos un tiempo teñido por un entendimiento mutuo, unos componentes vitales del viaje donde tiene cabida la pasión, la intuición, la curiosidad y la búsqueda. Propiedades casi más necesarias que el pasaporte para viajar, donde las procedencias de diversas coordenadas geográficas no hacían más que enriquecer el viaje compartido. 

Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

Nos levantamos con las primeras luces del día dispuestos a ceder la comodidad de una habitación a la inquietud de lo desconocido. Dispuestos, así mismo, a desaprender lo imaginado. Con el rumbo orientado hacia un interior nutrido de tradiciones, memoria de una población que aguarda heredera la identidad de todo aquello que representan, dirigimos nuestros pasos en un recorrido que nos ocuparía gran parte del día. En fila india y sin salirse del camino ya transitado, reflexionamos acerca de las fatales consecuencias de las minas antipersona que sufre el país probablemente más bombardeado de la historia. No sólo por las enormes cantidades de muertos y amputados en accidentes con estas armas, sino también por las dificultades que enfrentan quienes quieren recuperar sus tierras para trabajarlas.

El semblante algo laberíntico de los siempre presentes campos de tono pajizo estrechaban  en más de una ocasión el terreno y nos obligaban a mantener el equilibrio en un intento de dar esquinazo al inevitable traspiés. Un roce sincopado que nos dejaría repletos de rasguños y algún sobresalto que otro con esos cuerpos cilíndricos, escamosos y alargados que, por carecer de extremidades, se mueven arrastrándose. La orientación por su parte de una superficie enrevesada, lejos de impacientarnos, nos proporcionó el acceso a un paisanaje que nos condujo al embeleso sin necesidad de recurrir a lo esperado de unas rutas a precio de souvenir.

Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

Pero lo mejor estaba por llegar. A unos instantes del juego de entre luces que protagoniza el ocaso, decidimos darle forma a la tienda de campaña que nos daría cobijo aquella noche, en una atmósfera acompañada por las notas intensas de un día mecido por la confluencia en la igualdad de formas, intereses y opiniones, y sazonada por ese sereno silencio, única elocuencia perfecta que facilita el reposo de la aventura a nuestra condición libre y sin techo.  El incógnito de esta improvisada posada es uno de sus grandes privilegios. Un romántico estado de incertidumbre donde perdemos gustosos nuestra identidad personal en los elementos de la naturaleza y nos convertimos en el fruto del momento.

Miro a mi derredor los panoramas exteriores que rivalizan hasta la victoria con cualquier otro hospedaje y recupero, entonces. la acertada cita del escritor inglés Laurence Sterne: 'Dadme un compañero de viaje, aunque sólo sea para observar cómo las sombras se alargan cuando el sol declina'.

 
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03/05/2012

Caminos a contratiempo, segunda entrega

Los intentos frustrados pronto dieron paso a las maneras del silencio. Sin saber qué hacer, permanecí sujeta a la inmovilidad, única certeza que, al menos, me concedería una prórroga. Una suspensión temporal de lo inevitable. El bochorno de un sol en vertical aumentaba la dificultad, una dura prueba que no hacía más que alimentar mi preocupación.

Y, de nuevo, sentí como el suelo cedía ante mis pies. Con las piernas inmovilizadas, pensé en este curioso fenómeno natural al que el estereotipo actual ha dotado de mitos. Recordé aquellos libros de aventuras de escenarios en parajes pantanosos, donde el protagonista pisa un terreno en apariencia firme y comienza a hundirse rápidamente, engullido y devorado por las fauces de una tierra movediza. Una imagen de la maleta de mi memoria que poco o nada mejoraba mi ánimo. Confundida e irritada por la torpeza de lo ocurrido, comencé a maldecir el momento, minutos antes, en el que había decidido moderar el calor con un chapuzón.

A la altura de mi nariz aparecía el retrato que tantas veces me habían comentado al referirse a la belleza de estos lares. El sentido corporal con el que se perciben los objetos y sus colores adivinaba la grandeza de todo cuanto me rodeaba: formidables montículos de una elevación que exigía el movimiento ascendente de los músculos del cuello, mientras hacía un soberbio repaso a una tonalidad de frondoso verdegueante. Un plano resquebrajado por una extensa grieta, arteria conductora de unas aguas que reposan en sosegada calma. Esas mismas que, bajo los efectos de su magnetismo, habían detenido el curso de mi camino.

Foto: Danuta-Assia Othman

Con un horizonte ya cansado de esperar, retomé el asunto de etiqueta memorable en el que me encontraba. La tentativa de volver a moverme desaparecía al sentir cómo el barro sedimentado ganaba terreno y se acercaba así a la altura de mis caderas. Y, cuando la impotencia parecía ganarle el pulso a la esperanza, me desprendí del abrigo de la tensión del suspense al ver, a unos quince metros, a cuatro niños de no más de diez años que corrían de un lado a otro mientras se rebozaban con cierto alborozo por pura diversión. Vociferé (aliviada) tanto como pude, acompañándolo de los gestos necesarios que llamaran la socorrida atención. Con cautela, pues la sacudida de mi agitado cuerpo podía costarme algún centímetro más.

Bastaron pocos minutos para que acudieran en mi ayuda. Sin ningún adulto a la vista, empecé a dudar del auxilio que me podían proporcionar unos niños a los que les doblaba el peso y casi triplicaba la edad. Con un laosiano de dudosa pronunciación y ayudada, sobre todo, por la expresividad de mis gestos, logramos (o eso creí) entendernos al comprobar inmediatamente como éstos, colocados en cadena, tiraban con fuerza de mis manos. Tras un par de esforzados intentos conseguí salir de aquellas arenas movedizas que me habían atrapado por el descuido de la ignorancia durante un dilatado y espeso tiempo. Con un agradecimiento al servicio de la llamada del juego, aquellas criaturas de atrevida valentía continuaron chapoteando volviendo así a su estado natural infantil.

Foto: Danuta-Assia Othman

                      Foto: Danuta-Assia Othman

Algo incrédula de lo sucedido, me zambullí (ahora sí) en las aguas del río Nam U mientras me desprendría de la sustancia viscosa que me había embarrado tres cuartas partes de mi cuerpo. La generosidad de aquellas gentes de corta edad no había hecho más que ampliar la nobleza que irradiaba la atmósfera de aquel fascinante lugar. Un lugar portador de esa armonía, esa tranquilidad y esa belleza del paraje que otros, para dicha del viajero, tuvieron la oportunidad de disfrutar y, más que eso, respetar.
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30/04/2012

Caminos a contratiempo en dos entregas

Son prodigios del camino. Sucesos que despiertan con el rostro de la desventura situando a la adversidad en nuestro camino, convirtiendo al azar del viaje en una eventualidad memorable. Ésta podría ser la lectura de una jornada donde el imprevisto se convirtió en mi mejor compañero de viaje, un patinazo que tonifica, reequilibra y nos hace reconsiderar nuestro lugar dentro del gran esquema de las cosas.

En el género de la contrariedad, el prólogo de la historia comienza con la campechanía de un camino sencillo, sin ningún percance en la lejanía. Así es como me desperté una mañana en el cautivador pueblo de Müang Ngòi Nüa, situado en el noroeste de Laos. Un pequeño poblado inversamente proporcional a su belleza donde el único medio de transporte factible para llegar hasta aquí son las barcazas que salen del embarcadero de Müang Ngòi y remontan río arriba el encantador Nam U. Una escena retratada por el relieve de origen cárstico de un territorio cubierto y erizado de montes, una naturaleza que compite con los arrozales que conforman el escenario de los alrededores.

Recupero las notas de los días que preceden, aquellos que, en algún rincón de la improvisada hoja, custodian la información interesada. 'Poblados lao y khmu de Ban Na, Ban Huai Bò y Ban Huai Sèn. Llegar caminando es una experiencia muy recomendable', releo no sin dificultades unas líneas tomadas desde la urgencia de lo inmediato. Términos como 'tranquilidad', 'armonía' y 'belleza del paisaje', se repiten cuando recopilo las indicaciones de otros viajeros cruzados.  'Parece un buen plan', murmuro mientras me preparo. Tras algunas directrices que me sitúan en el comienzo del trayecto previsto, decido prestar el impulso de mis pasos al viaje ignorado. Aquel que tiene lugar en la tentación, en el estímulo por descubrir senderos poco transitados.

Foto: Danuta-Assia Othman 
Foto: Danuta-Assia Othman

Recorro a pie los maltrechos caminos acompañada por esa armonía y perfección del paisaje que inspira admiración y deleite. Todavía no he alcanzado las horas centrales del día y, sin embargo, tengo la impresión de que el Sol se encuentra en su punto más alto sobre el horizonte. El despiste vuelte a interrumpirme cuando descubro que apenas me queda agua. Sedienta, busco hidratarme en el pequeño arroyo que baja tímido y escaso del escarpado desfiladero. Algo recuperada decido permanecer un rato calmado ante la apacible suntuosidad que me rodea. Es entonces cuando diviso el curso del río Nam U, unos metros hacia abajo. La vista es asombrosa. 

En la quietud de sus aguas pocos profundas de aquel tramo decidí darme una refrescante zambullida. Sin un camino definido por el que descender, me resbalé tantas veces como fue posible. Hastiada por las fastidiosas irregularidades del descenso, opté por resolver la incómoda situación desde la impaciencia, esa misma que pondría punto y final a la serenidad de aquella historia. Y es que, en ocasiones, la distancia confunde la verosimilitud de lo que vemos. Pues lo que parecía ser una arena mullida por la faja de tierra más inmediata al agua del río, resultó ser un barrizal con aires de arenas movedizas. Una cuestión que inmediatamente comprobé al no poder salir de aquella viscosa arcilla. Ajena a los comportamientos de tal fenómeno natural, efectué rápidos movimientos que sólo hicieron que me hundiera más. Las rodillas ya estaban sumergidas cuando empecé a preocuparme, la incertidumbre de cómo salir de ahí comenzaba a angustiarme. 

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27/04/2012

Un templo budista con mucho arte

Era una tarde especialmente sofocante en la ciudad laosiana de los templos budistas. En un intento por atemperar las inusuales décimas que marcaba el mercurio del hostal donde me alojaba, salí al encuentro de ese viento fresco y suave que solía proporcionarme los largos paseos vespertinos a orillas del Mekong con la frondosidad que caracteriza a Luang Prabang, rodeada de zonas boscosas. La humedad de aquel día, sin embargo, hacía que ni siquiera a la sombra de esta gran cortina vegetal, se pudiera encontrar una tregua a la fuerza implacable del astro rey.

Recordé entonces la historia de un templo que me había llamado la atención. No por su magnificencia o profusión del elemento decorativo que suele caracterizar a los preciados templos de este lugar, pues muchos otros le arrebataban el puesto sin duda alguna, sino por su singularidad. Recordé también aquellas conversaciones espontáneas con algún novicio budista, una escena que, por suerte, se había repetido en más de una ocasión a lo largo del viaje. No recordaba, sin embargo, su nombre. Rastreando en los bolsillos de la memoria del aparente olvido me acordé de repente el motivo que tanto había captado mi interés: se trataba de un templo que cumplía las funciones de centro de enseñanza artístico dirigido a los jóvenes monjes. Una iniciativa que cuenta, además, con el respaldo de la Unesco y de Nueva Zelanda.

Foto: Danuta-Assia Othman

Bastaron algunas preguntas a quienes me encontraba por allí para averiguar cómo se llamaba: "Wat Xieng Muan", señaló finalmente un hombre que regentaba un pequeño comercio próximo a éste. Tras varias indicaciones, orienté el rumbo a su hallazgo, un encuentro que más que sentido de la orientación, requería algo de paciencia pues resultaba fácil pasarlo por alto. 

Con un taller de aspecto improvisado y anexionado a una pequeña sala que actúa a modo de aula de aprendizaje, un grupo de jóvenes principiantes aprenden las técnicas artísticas necesarias para la conservación de los templos de Luang Prabang. Un espacio donde el serrín lo envuelve todo y sitúa a nuestro olfato. Polvillo, virutas y otras piezas de mayor tamaño se extienden colonizando cualquier superficie, incluido el objetivo de la cámara, en una escala monocromática tan sólo interrumpida por el característico naranja de las túnicas de sus artífices. Un pequeño pero suficiente estudio en el que, con una gran aptitud artística trabajada con el esfuerzo y la dedicación, se entregan en la recuperación de las artes budistas. Una disciplina de gran importancia en el budismo.

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Para quienes tengan la ocasión de visitar este enclave Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, podrán observar con cierta asiduidad la vida de los monjes en los monasterios. Una vida austera que transcurre entre la realización de los ritos prescritos y la meditación para la autoeducación. Gozan del respeto y la admiración del resto de la sociedad, por lo que es frecuente ver a novicios de temprana edad comprometidos con la meditación, la sabiduría y la moral, los tres pilares básicos en que se asientan las enseñanzas de Buda. Un panorama espiritual que se ve completado por casos como éste, donde además de una religión, se practica el arte.
 
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23/04/2012

Islomanía en Camboya

Koh Tonsay aka Rabbit Island. La primera vez que escuché el nombre de esta isla camboyana ni siquiera conocía el país. Tuvo lugar en una de tantas espontáneas conversaciones con otros viajeros donde se comparten experiencias y algunos consejos de viaje. Recuerdo que tomé nota, atraída por los comentarios que la acompañaban: "Fantástica, merece la pena conocerla", decían unos. "El sur de Tailandia treinta años antes", defendían otros.

Pasó un tiempo hasta que volví a pronunciar su nombre. Esta vez rescatando de un previsible olvido aquellos apuntes que empezaban a acumularse entre el desorden de unas notas tomadas con el descuido de la celeridad que impone el parloteo. Un plan repentino entre algunos profesores fruto de un día festivo hizo que decidiéramos pasar el día en esta isla camboyana localizable en el Golfo de Tailandia. Recordé cuanto me gusta vagar por la arena abandonada por la marea, y reposar la mirada sobre ese mar que aguarda un universo imprevisto y oculto, una naturaleza salpicada de observaciones y de hallazgos templados por la imaginación.

Para quienes tengan el acierto de hacer coincidir su viaje a Camboya con su espléndido y más que recomendable litoral, no dejen pasar la oportunidad de acercarse hasta aquí. Un aire cargado de aromas propios del ayer que transitan desde el cercano muelle costero de Kep, un lugar donde mirar al mar sin interrupción, acechados por la abigarrada espesura de su vegetación, donde los árboles crecen hasta la orilla, constituyen ingredientes suficientes para visitarla. Un paisaje y paisanaje para viajeros de espíritu reposado. Una porción de tierra donde ver caer la tarde y esperar pausadamente la noche. Así es Koh Tonsay.

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Si se quiere abrazar el espectáculo se tiene que embarcar en cualquiera de las rudimentarias barcazas que, en un ir y venir constante, nos trasladan desde el muelle situado en el extremo del lánguido pueblo costero de Kep-sur-Mer, –antaño retiro colonial para la élite francesa, hoy apacible municipio chapoteado de armazones enmohecidos y apreciadas villas de mediados del s. XX que evocan tiempos despreocupados–, a las poco profundas aguas que acarician los 250 metros de largo de la única playa. Son necesarios menos de treinta minutos para llegar hasta esta isla habitada únicamente por siete familias. Un tiempo inversamente proporcional a la sensación que recorre al viajero en cuanto desembarca en su orilla. Y es que la sencillez de su aspecto se torna pronto en su singularidad más destacada, pues Koh Tonsay conecta con una discreción que a buen recaudo tratará el visitante de mantener.

Pese al devenir del tiempo, este islote de apenas dos kilómetros cuadrados permanece ajeno al turismo insensato que parece afectar a la explotada vecina Sihanoukville. Sus apacibles moradores son el mejor ejemplo de ello: la única construcción que encontraremos son los desperdigados bungalós con techumbre de paja que se encuentran en la playa principal junto a los diminutos restaurantes al aire libre. Rodear la isla a pie constituye la mejor forma para percibir la esencia de un lugar que presta oídos a las voces del silencio. Un silencio cuya estampa conduce al embeleso sin necesidad de recurrir a distracciones de ningún tipo. Pues el silencio acompaña, escucha y habla al viajero.

Recuerden, apenas cinco kilómetros al suroeste de Kep. Y en la brevedad de la distancia, ser conscientes de la autenticidad hallada. Circunstancias, sensaciones, rostros, nombres… reteniendo y estrechando tiernamente cada aprendizaje, donde las experiencias vividas mudan de su tamaño natural al propio del entendimiento y el recuerdo para hacerse, finalmente, un hueco en el corazón. Y en la contemplación de lo imaginado, ponerse cómodo y regresar siempre que uno quiera.
 
Foto: Danuta-Assia Othman
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20/04/2012

Camboya en el horizonte

Quizá sea porque las distancias se acortan. Quizá sea por la generosidad de un clima siempre amable. Quizá sea por ti, rostro jemer de mirada cálida y bondadosa, enquistada por la sombra de un genocidio que lo tiñe todo, tú que has ido y regresado del infierno y que, sin embargo, atesoras la magia del conjunto arqueológico más extenso, intenso y sorprendente del planetaQuizá sea por esa forma de existencia atemporal que apenas ha variado en muchos siglos y que tanto seduce a la miopía de Occidente. Quizá.

Así es Camboya, un lugar donde el viaje fluye en una suerte de esencia de indescriptible magnificencia. Como otras tantas veces, la mejor forma de adentrarse en este territorio encantador pero asolado tras tres décadas de guerra, es por tierra. Y es que el corazón del sudeste asiático conviene degustarlo con el movimiento feriado de sus medios de transporte que discurren con gran habilidad por unas carreteras algo castigadas. Una elección que nos permitirá percibir el esplendor de sus decorados naturales y, sobre todo, el espíritu inquebrantable de optimismo contagioso que define al pueblo camboyano.

En este recorrido de hermoso escenario, la mirada del viajero se pierde a menudo en los vaivenes de la historia. Entre el ayer y el hoy se traza el camino en un intento de aproximarnos a la comprensión que requiere. En la solidez del terreno avanzamos a través de un país, hoy sucesor del poderoso Imperio jemer, que durante la época de Angkor  (entre los siglos IX y XV) dominó gran parte de lo que ahora es Laos, Tailandia y Vietnam. Acomodados en nuestro mirador somos testigos del espíritu que representa Camboya, capital asiática de los templos, todavía dueña y señora de lo tradicional y de un multiculturalismo que aquí carece de protagonismo pues nos encontramos ante el país más homogéneo de la región, donde el 90% de la población camboyana es jemer.

Foto: Danuta-Assia Othman

Pero hablemos de caminos. Caminos que no solo dibujan trayectos sin orden aparente mientras desplazan cualquier atisbo de vegetación, sino que transitan en la memoria despierta y nos susurran historias que acumulamos en una melopea de sensaciones que encandilará a más de un viajero. Seducida por todo cuanto me rodea, me cuesta reconocer el alcance de un viaje que atrapa en la delicadeza de sus contrastes. Y es que aquí el viaje es algo más que un capricho del recreo, es una necesidad, una obligación incluso donde resulta inevitable experimentar una especial emoción. Un viaje que deambula y se instala en el recuerdo (por fortuna) de un tiempo ya acabado.

Decía Sartre que "cada hombre tiene que inventar... su camino". Dispuesta a tal andanza me subí aquel día a ese autocar que me llevaría hasta algo más que la capital Phnom Penh desde su vecina vietnamita no tan lejana Ho Chi Minh. Me sentía algo falta de fuerzas tras un largo viaje interrumpido por unos días aquejados por un estado febril que impedía moverme. Con la inquietud de unos pasos fronterizos que arrinconan a este tipo de viajeros a un periodo de cuarentena, conseguí cruzar al otro lado. Sorprendida por una armonía poco frecuente a estos espacios, llegué a Kampuchea, convencida de que este inicio de naturaleza impropia, constituía el preludio de los días que seguirían.

Lejos de ofrecer una descripción minuciosa sobre posibles rutas, ésta es una invitación, unas palabras que dejan una puerta entreabierta a viajeros de ánimo curioso, aquellos que creen y crecen en el camino. Pues recordad las palabras que ya apuntó el brasileño Amyr Klink: "Hay algo peor que no terminar un viaje, y es no empezarlo jamás".
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16/04/2012

Relato de un viaje fronterizo

Convertidas las noches en otros tantos días. Así transcurre el viaje en su recorrido por tierras vietnamitas. La opción inmediata consiste en volar hasta la capital, Hanoi, o bien aterrizar en la otrora Saigón, hoy la ciudad de Ho Chi Minh. Para viajeros de espíritu inquieto, la alternativa por tierra ofrece interesantes aventuras, siendo la más singular y memorable, aquella que te lleva desde Vientiane, Laos, hasta la metrópolis de Hanoi.

Prestando oídos a las voces del silencio, comienza un viaje en el que de poco o nada sirve atender a las manecillas del tiempo occidental. Por delante nos espera casi tres decenas de horas, las suficientes como para percibir la transformación del viaje en el arte del encuentro. La inconsciencia de un camino por descubrir alimenta la incertidumbre del viajero, pero al mismo tiempo suaviza las incomodidades de semejante empache, tan solo aliviadas por las repentinas paradas donde tratar de recobrar la compostura.



Foto: Danuta-Assia Othman 

Cansancios y molestias aparte, esta prolongada andanza constituye una inmejorable oportunidad para adentrarse desde el sigilo de los bocinazos constantes y sonantes, en una nueva escena de la mano de sus inconfundibles moradores con quienes compartes algo más que la estrechez del autocar. Y es que los vietnamitas son gente en paciente viaje, condicionados por unas dimensiones donde la reducida amplitud del país se ve sobradamente compensada por la longitud de una tierra que se extiende desde el sur de China hasta la frontera con Camboya.

Entregados al recuadro que nos ofrece la ventanilla, hacemos acopio de las maravillas que vamos revelando a medida que avanzamos al ritmo de un paisaje que con sutileza muda su apariencia. La capacidad de asombro se convierte aquí en nuestra mejor compañera de viaje, pues con ella descubrimos y nos perdemos en las emociones imperecederas que proporciona la inmensidad del detalle y nos brinda esa atmósfera irrepetible. De tanto en cuando, las estridencias del entretenimiento 'a bordo' con rostro de karaoke inagotable, nos despiertan de nuestro letargo, embelesado por todo cuanto ve. Sorprendida por un aguante acariciado por las mieles de la aventura, me asombra la facilidad con la que cedo al suspense del trayecto, sin importar demasiado la última parada y disfrutando de un camino presto a degustar para privilegio del viajero.

Los embrujos de esta tierra pronto se manifiestan bajo la epidermis de un territorio que se encabrita a merced de un relieve accidentado de montañas y bosques. Cetrinas terrazas formadas por antiguos depósitos fluviales se suceden a un lado y otro de la carretera. Y como colofón, los no menos impresionantes picos calizos de Pu Sam Sao que se extienden a lo largo de la frontera con Laos constituyen nuestra puerta de entrada al país del Dragón. La lluvia acompaña buena parte del trayecto, como muestra anticipada de un clima siempre impredecible. La humedad condensada imprime una tonalidad desteñida que apenas alcanzamos a discernir fruto de unos cristales enturbiados por el vapor del agua.

La intensidad de unas luces que se multiplican nos indican que el viaje pronto llegará a su destino. Agotada, soy presa de una dualidad que suele acompañar a todo paso fronterizo: la certeza de que la nostalgia se acerca se mezcla con el deseo de encontrar nuevos confines, nuevas esencias. Como decía un poeta anónimo, "es triste poner punto final a muchos capítulos de la vida; pero si no lo haces, es imposible redactar nuevas historias".
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13/04/2012

Laos, un viaje hacia la otra orilla

Pensé que no llegaba. Después de un despertar prematuro, tres autobuses y más horas sentada de las que uno creía poder soportar, llegué aliviada y agotada a la pequeña localidad fronteriza tailandesa de Chiang Khong, situada al noreste de la provincia de Chiang Rai, en el norte de Tailandia.

Con la oscuridad de un cielo opaco pegada a los talones, poca cosa más quedaba por hacer más que un último esfuerzo por encontrar un lugar donde pasar la noche. Creo que todos sentíamos el mismo anhelo después de aquel fatigoso y largo día. Me desperté sin saber muy bien dónde me había dejado el sentido de la orientación, no recordaba con claridad dónde me encontraba. La desgana de no haber descansado lo suficiente marcó el ritmo del despertar hasta que recobré la lucidez y supe porqué estaba allí. Allí, al otro lado de la orilla me esperaba una nueva tierra, un nuevo rostro, una nueva dimensión del viaje.

La luz incierta del amanecer parecía envolver aquel lugar de tránsito, una suerte de cinta corredera de aeropuerto, siempre en movimiento y constante renovación fruto de las idas y venidas de quienes pasan por ahí. Son las ciudades fronterizas, rincones comprimidos en la estrechez de un limbo geográfico de contornos poco definidos. Una urbe huérfana, dependiente, en búsqueda de sí misma. Un rincón a veces olvidado donde la realidad que uno percibe con sus sentidos empieza a contraerse, en perjuicio de otra realidad, aquella que se encuentra en la otra orilla. Y uno siente cierto tipo de peregrinidad eterna en esta ciudad.

Las sinuosidades de una aventura a punto de comenzar, acompañarían desde sus inicios los momentos que seguirían. Pues, a diferencia de otros pasos fronterizos, éste no se hace a pie sino a través de una vieja barcaza pausada y fatigada que navega por el curso de un río legendario, el Mekong. Semejante anfitrión de carácter mítico e incluso épico nos da la bienvenida a un territorio fuertemente montañoso, una geografía accidentada que convierte al Ménom Khong y a sus afluentes en un importante y crucial medio alternativo de desplazamiento y transporte de mercancías, amén de su trascendencia histórica. Y es que si Laos debe caminarse con la mirada puesta en ciento ochenta grados, esta vez cambiamos de medio y nos trasladamos hasta sus gloriosas aguas. 

Foto: Danuta-Assia Othman

Quizá porque la fotografía eterniza sucesos, los turistas se agolpan para tomar de forma precipitada esa instantánea que habida cuenta certificará en el después su particular cruce. Un trajinar en el que la línea de la embarcación se ve amenazada en más de una ocasión con ser sobrepasada por la superficie del agua. En cualquier caso, se trata de un recibimiento que nos subraya que Laos es diferente, y sus aguas, el lugar perfecto para explorarlo. 

Rutas convencionales aparte que unen la población de Huay Xai con la colonial ciudad de Luang Prabang, existen otras posiblidades que merecen un mayor elogio y reconocimiento que, para suerte del viajero, conservan intacto el encanto de unas travesías donde el silencio se hace oir, donde las manecillas del reloj dudan. Tales recomendables opciones fluviales son el río Nam Tha, que discurre por el noroeste del país, uniendo la provincia de Bokeo con la de Luang Namtha, o el río Nam U, en el otro extremo norteño, un recorrido que permite atravesar la provincia multiétnica de Phongsali hasta llegar a Luang Prabang.

Si prestamos atención a la etimología latina del verbo viajar, a esa acción de trasladarse de un lugar a otro, veremos que su intensidad dependerá en gran medida de dónde nos encontremos. Una intensidad que aquí, a la voluntad de su caudal comienza a estremecerse bajo el ronroneo de sus motores. 



Foto: Danuta-Assia Othman
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09/04/2012

Laos, carretera y manta

Un mundo congelado de aire silencioso. Así parece transcurrir el decorado de la otrora tierra del reino de Lan Xang (Laos), mientras me acodo en la ventanilla de una destartalada camioneta que avanza no sin dificultades entre las irregularidades de un camino donde el terreno se encabrita. 

Un recorrido a merced del culebreo que marca la escarpada orografía de un territorio montañoso en casi toda su extensión. Un paisaje concentrado el de la montaña que discurre comedido ofreciendo una vista asombrosa. Mientras me acomodo a las nuevas circunstancias en la estrechez de los asientos voy sintiendo el camino en los músculos, voy sintiendo la solidez de la superficie que arrollamos a nuestro paso. La contemplación de este sustancioso panorama adquiere aquí un carácter obligatorio para todo viajero que recale por este país. No falta, naturalmente, el chapuzón inmediato de amabilidad que el laosiano proporciona sin condiciones fruto del talante tranquilo poco amigo de discusiones enardecidas que le es común.

En esta apetecible estampa, el abandono a un devenir del tiempo siempre en calma supone un requisito indispensable si queremos entregarnos a una experiencia que late a un ritmo sosegado, despacio, permitiendo así degustar como se merece el viaje. Incomodidades aparte, viajar por tierra permite no perderse detalle de un destino, por suerte, muy mochilero y que ofrece al viajero una oferta infinita gracias a la abundancia de naturaleza y a la diversidad cultural que hace gala el país.

Rendida al continuo zarandeo de una carretera sin apenas asfalto, asisto a un itinerario que me lleva por los prados ondulados, por los antiplanos de Siang Khuang, al noreste del país. Pero, sobre todo, por las omnipresentes montañas socavadas por frondosos valles boscosos y acompañados por espectaculares formaciones cársticas que dominan el paisaje de Laos. Las opciones son tantas que cualquier descubrimiento cumple las expectativas que inevitablemente todos llevamos en nuestra mochila cuando viajamos hasta el corazón de la que fuera la Tierra del Millón de Elefantes.

Mientras el horizonte muda de apariencia a medida que avanzamos, me sorprendo de la fuerza incontestable con la que el entorno capta mi atención durante todo el trayecto. No en vano, estamos rodeados por más de una docena de Áreas Nacionales Protegidas que cubren cerca del 14% de la superficie del lugar. La arcana belleza nos arrastra hasta sus entrañas regalando un camino memorable no exento de interminables curvas y arropado por la suavidad de la luz cálida que penetra sin aviso por los envejecidos cristales de la ventana. Y de nuevo la ventana, ese mirador a través del cual extender y cambiar el marco de referencia siempre que queramos.

Bajo esta fascinante epidermis encontramos un lugar sensorial donde nuestros sentidos trabajan a destajo para no perder detalle y abrirse paso en un espacio donde pervive un tiempo legendario que sobrecoge el espíritu. Los veteramos del camino encontrarán aquí motivos más que suficientes en una ruta donde la vista abraza un horizonte vasto. Un lugar donde no hay viaje pequeño ni viaje grande. Una tierra donde siempre hay viaje.

Foto: Danuta-Assia Othman
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06/04/2012

Malasia tras la ventanilla

En la inquietud del comienzo, en la certidumbre de la intuición. Arrancamos. Marchamos a lomos del convoy entregados al movimiento rectilíneo que nos conducirá hasta un nuevo escenario, un decorado suntuoso de arrebatadora naturaleza, de ceñudo color verde punteado por aldeas y pueblos que destacan como una tímida nota humana entre la grandiosidad del paisaje que los rodea y abraza. 

Apenas mil kilómetros separan a la capital tailandesa con la primera ciudad fronteriza de Bukit Kayu Hitam. Un viaje hacia el sur, hacia territorio austral cuya geografía se adorna de una exuberante y singular vegetación. Un país que se entrega a una grandiosa cortina vegetal, a un océano de verdegueante camino. El polvo concentrado en la luz dispersa anuncia el ascenso del disco solar. Parece que nos acercamos, musito mientras me desperezo tras una larga noche mecida por el traqueteo del vagón. Aún algo entumecida me apresuro a sucumbir al goce de no despegarme de la ventanilla. No es para menos. Su contemplación adquiere aquí un matiz esencial pues constituye un destino en sí mismo. Viajes a pie aparte, no conozco una inmejorable compañía de percibir el viaje que a través del tren.

Foto: Danuta-Assia Othman

Moverse por las entrañas de la Malasia peninsular supone adentrarse en la frondosidad de una panorámica cubierta por una infinidad de palmeras, completada por los numerosos parques nacionales que harán las delicias de cualquier viajero. Y es que si se quiere abrazar semejante espectáculo la mejor opción será recorrerla a conciencia, por tierra, con una mirada atenta y despierta a todo cuando acontece a nuestro derredor. Una moderna, económica y confortable red de autobuses junto a las dos líneas de ferrocarriles arrojarán suavidad a un viaje ya de por sí bastante cómodo, alejado de los aires disparatados del tráfico de sus vecinos.

La facilidad que asalta cualquier desplazamiento por esta lengua alargada de tierra que parte del sur de Asia, constituye un aliciente más que justificado para explorar un territorio de intenso sabor, cuya distribución además sigue una lógica amable. Un lugar que se reparte entre una densa cubierta boscosa que ocupa la mitad norte y un litoral en la costa este orlada de playas, junto a las espesas y no menos impresionantes junglas que se extienden por el Borneo malasio. Las distancias se despliegan entre lo razonable y lo moderado convirtiendo el trayecto en algo placentero, en un ambiente apacible que nos permitirá descubirr el carácter del lugar. 

Si después de todo y con las dimensiones que se gasta decidimos experimentar el país desde el aire llegaremos a la misma conclusión, vislumbraremos la belleza de una tierra rendida a los encantos de un ecosistema sin parangón, un paisaje que transcurre fugazmente al otro lado de la ventanilla.

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03/04/2012

Por tierra, mar y aire: Tailandia

En el esbozo de un sendero, en el intento de un camino. Éste podría ser el comienzo de todo viaje, momento donde se adivina el trazo de un recorrido dibujado primero en la imaginación, preámbulo de un itinerario que decidídamente pasará por muchas estaciones, con sus días y sus noches.

Punto inevitable de partida donde el destino, a veces, poco o nada importa y cuya magia va más allá de su asombrosa geografía. Pues como decía Robert Louis Stevenson, "lo importante no es llegar, sino ir". Un lema que resulta aleccionador y que nos sitúa en primer plano al valor del camino, como si se tratara de un paciente viaje. Así, dispuesta a perderme en la belleza del camino llegué al alba de una monzónica mañana a la capital del anitguo reino de Siam, Tailandia, con una suerte de andamio, una ruta a recorrer que pronto se vería subordinada a las múltiples formas de desplazamiento, dispuestas a dilatar cualquier voluntad de llegar según lo previsto.

En un escenario muchas veces experimentado y sabido, conviene rechazar de buenas a primeras el camino transitado, pues conduce irremediablemente hacia donde otros ya fueron. En el cortejo que aborda el país de la eterna sonrisa, los pretendientes son muchos, para todo tipo de bolsillos y se mueven por medios diferentes: tierra, mar y aire. Un formato que sin duda modificará nuestro encuadre y, por tanto, nuestra percepción de aquello que vemos proyectado tras esa ventanilla de menor o mayor tamaño. De nuevo, la elección de uno u otro estará sujeta al tiempo y, naturalmente, a la paciencia que dispongamos pues a menudo las interminables jornadas se presentan entretenidas y agotadoras a la par. Ganarle la batalla al cansancio garantiza la genialidad del encuentro fortuito y enriquecedor que convertirá al trayecto en una experiencia memorable. Pues la idiosincrasia del transporte definirá indefectiblemente la forma y el contenido de nuestra aventura.

Foto: Danuta-Assia Othman

Seducida por los relatos que aguardan al viajero de a pie, mi primer impulso es caminar hasta decir basta. No conozco una forma más carismática y beneficiosa de conocer un lugar que a golpe de mapa y, sobre todo, de sentido de la orientación. Un primer acercamiento imprescindible para explorar a fondo cualquier lugar. Perderse en el zigzagueante camino de la espontaneidad invita a la sorpresa del encuentro no articulado, un ritmo que circula al antojo de uno mismo, reinventando cada paso, dotándole de un nuevo sentido. Circunstancia donde tiene cabida todo tipo de historias inesperadas capaces de alterar (por suerte) el rumbo de nuestras intenciones. Solo así, entregados al azar que con frecuencia sacude a los viajes, conseguiremos percibir la esencia del destino.Y es que el sabor es más delicado con la dosis más pequeña. Para muestra el transporte local  de cualquier población tailandesa compuesto, en mayor o menor medida, de los conocidos (y ruidosos) túk-túks, sawngthaew (pequeñas camionetas con una fila de asientos a cada lado), taxis, mototaxis y, en las grandes ciudades, los autobuses interurbanos que transitan gran parte de estos espacios. Barreras idiomáticas y preciso regateo aparte, resulta bastante fácil moverse a través de ellos.

Seguimos avanzando hasta que las distancias por tierra se extienden lo suficiente como para contemplar otras opciones. Esta vez de la mano del impersonal y veloz avión o de los no tan rápidos pero sí más interesantes autobuses y trenes que, además, llegan a casi todas partes por un coste más que razonable. Optar por cualquiera de ellas, supone sumergirse en un universo pintoresco de personajes de toda clase y condición, donde los imprevistos aliñarán el resultado de nuestra elección y que a buen seguro nos tendrán reservados una buena dosis de anécdotas.Y es que la hospitalidad de los tailandeses se suele manifestar en este tipo de medios como el tren, repletos de vendedores ambulantes que recorren insistentemente el pasillo con comida para beneficio del viajero poco previsor.

Destino exótico por antonomasia, el país ofrece la oportunidad de surcar sus aguas y alcanzar así las singulares costas, ya sea embarcados en alguna de las llamativas y coloridas barcazas de popa larga o abordo de los ferrys que facilitan el acceso hasta las deseadas islas del Golfo a un módico precio.

Continuamos y nos damos cuenta que poco importa que lleguemos al destino elegido, pues siempre hay viaje, siempre hay destino. Y es que hay algo muy sutil en volverse a mirar el camino andado. Tonifica, reequilibra y permite otear el esplendor del horizonte retratado.

Foto: Danuta-Assia Othman 


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