11 ene. 2012

Kampot, más allá de la pimienta

Llegué un día a la sureña Kampot con la ignorancia propia de quienes descubren un lugar sin apenas saber nada. O muy poco. Pronto descubriría que esta apacible y encantadora ciudad ribereña es algo más que su afamada (y exquisita) pimienta cuyo aroma y sabor inconfundibles ponen la nota olfativa al viaje. Una experiencia gastronómica de visita obligada. Situada apenas a cuatro horas de la capital, Kampot representa una escapada perfecta para zambullirse en un paisaje de interminables arrozales que comparten escenario con las omnipresentes y esbeltas palmeras. Una tonalidad matizada por las coloridas casas elevadas sobre palafitos donde disfrutar de una apacible sombra mecida por el vaivén de una raída hamaca.

Foto: Danuta-Assia Othman

El día se abre paso entre tempranas jornadas dedicadas al cuidado de la tierra, imprescindible sustento y forma de vida de los que habitan la exuberante campiña camboyana. Una provincia que juega con el tiempo y le confiere un estatus atemporal. El horizonte está formado por un territorio de intenso sabor local rodeado por una decadente arquitectura colonial francesa. Un encanto que enriquece el paso del viajero e invita a quedarse a buen riesgo de perder la noción del tiempo. Son ya unos cuantos quienes decidieron seguir el apacible ritmo de Kampot formando una nutrida comunidad internacional de aires desapercibidos.

La magia de este emplazamiento costero compite con las escenas cotidianas que nos acercan y ayudan a comprender la singularidad de un modo de vida que parece no haber variado. El reposo se presenta aquí como una tarea de carácter obligado, puerta de entrada a un estado relajado donde el mejor consejo es dejarse llevar. Sucumbir al deleite de la tranquilidad proporciona una paz y una armonía únicas en este lugar de la costa sur de Camboya. Entrañables momentos le esperan al viajero que decida pasar un tiempo en esta localidad. Y es que Kampot conviene explorarla a golpe de pedal, con la libertad de un medio que nos permite llegar a los confines que rodean a esta localidad. Multitud de pequeñas aldeas aparecen diseminadas a cuenta gotas. Detenerse garantiza un contacto con los lugareños difícilmente de olvidar. En un lenguaje que no entiende de palabras, los gestos protagonizan un entendimiento donde no faltan las sonrisas. "Susadai!" (¡hola!) responden a modo de cálida bienvenida. 

Foto: Danuta-Assia Othman

En este rincón poco acostumbrado a toparse con forasteros sorprende la reacción con la que reciben al visitante. Mezclarse por unos instantes con sus gentes asegura una autenticidad palpable. Los más pequeños corretean algo excitados ante la visita entre voces que gritan "Hello!". Las tareas se reparten en un itinerario que recorre desde la pesca, el cultivo del arroz y otros cometidos como el remiendo de los gastados hilos que componen las precarias redes. El escenario se repite en cada poblado donde la idiosincrasia varía y complementa el rico tejido de la vida rural en la meridional Kampuchea. 

Foto: Danuta-Assia Othman




 Foto: Danuta-Assia Othman

El distrito de Kampot condensa la esencia de un pueblo que muestra sin tapujos una cortesía que cautivará al viajero. Calibrar su importancia condensada en los pequeños detalles permite ahondar en una cultura cuya población en su mayoría vive en el campo. El silencio de sus espacios abiertos proporciona al viaje una grata sensación de libertad. La improvisación ejerce de cicerone y nos brinda la oportunidad de sorprendernos en un recorrido que no defraudará al viajero. Un decorado magnífico para disfrutar de un excelente ambiente rústico.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

veo que esta difrutando del imperio de los sentidos...ET...

Danuta-Assia Othman dijo...

como me conoces! :)

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