16 mar. 2012

Müang Sing. Capítulo 4

La opacidad de la atmósfera acompañaba cada movimiento en un camino envuelto por un baño de vapor que transformaba la humedad condensada en una ligera llovizna continua. Pequeñas gotas flotaban en el aire empapando a todo lo que encontraba a su paso. Cuando la vista se acostumbra no sin esfuerzo a reconocer esos planos aproximados y la mente puede superar la primera impresión de aplastamiento, las manecillas de la brújula interna entonan la dirección adecuada. Solo es cuestión de tiempo.

La confusión que protagoniza la neblina aparece menos complaciente a la vista pero es aquí donde el oído y el olfato, esos sentidos más próximos al alma, encuentran satisfacción. Renacen bienes que se creían desaparecidos: el silencio, el frescor y la paz. Un silencio musitado por el caminar de otros que, como tú, se dirigen al mismo destino, el mercado. Un lugar que simboliza las grandes ocasiones de la vida colectiva que expresan la diversidad de gustos y actividades en un equilibrio específico. ¿Cuándo llegaré? Te preguntas de nuevo.

Desalojo los bolsillos de mi memoria y me doy cuenta que nunca antes había asistido a un fenónemo de tal calibre. Curiosos y aventureros sabrían sacarle el jugo a la emoción de descubrirlo. Sin pestañear, de vez en cuando se adivinaba el trazo de alguna construcción que nos advertía que estábamos a punto de llegar. Y así fue, la diversidad de los matices de una variedad étnica sin parangón, recibe al viajero en una visita de lo más prometedora. Un espectáculo que presenta a la sensibilidad (europea) otro orden de dimensión. Un cóctel de lo más estimulante para los sentidos.

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman
 
El mercado abre sus puertas entre las seis y las nueve, acechado por la llegada del alba. Cada mañana, una representación considerable de grupos étnicos como los Akha, los Lü, los Hmong o los Yao, recorren largas distancias desde sus poblados situados a las faldas de alguna colina de esta región montañosa para venir hasta aquí, el mercado local de Müang Sing, con el objetivo de vender y comprar frutas, verduras, carne, pescado y artesanía, además de algunos productos importados del cercano vecino chino.Y es que para mezclarse con los lugareños no hay nada mejor que sentarse en alguno de los puestos de fideos (khao sòi) que discurren al fondo del bazar, o deleitarse con alguna de las sabrosas especialidades culinarias locales como los dulces hechos de arroz glutinoso y coco.

La bruma empezaba a disolverse, mientras la capa se reducía primero por la derecha y luego por la izquierda hasta finalmente desvanecer por completo. El día comenzaba en una serenidad de tranquilo y exquisito fulgor. La suavidad de la luz de las primeras horas de la mañana se desperezaba ante una idiosincrasia que, vista desde fuera, pertenecía a un orden distinto de la nuestra. Un lugar sensorial de placeres y desagrados.

De arcana belleza, el mercadillo comprende poco más de cuatro vías de acceso, marcadas por los productos que sus comerciantes colocan a ras de suelo. Tan sólo interrumpido por la techumbre metálica que acoge a los puestos de artesanía y comida preparada. De dimensiones reducidas, la duración de nuestra visita dependerá en gran medida de nuestro grado de observación, pues nos encontramos probablemente ante el mejor mirador espontáneo para disfrutar de la belleza de la heterogeneidad de las gentes que habitan el norte de Laos. Algo que debería figurar en la lista de obligaciones de todo el que recale por aquí.

Foto: Danuta-Assia Othman

Foto: Danuta-Assia Othman

Los prodigios cotidianos se suceden en este rincón que permite tomar la temperatura a la diversidad del país. Sin llegar al bullicio que suele caracterizar a este tipo de comercio, el guirigay lo encontramos en la sección dedicada a la compra-venta de animales vivos de todo tipo: gallos y gallinas, cerdos, ranas, insectos y otras especies difícilmente de identificar, componen un surrealista alboroto que permanece ajeno a su fatídico destino. Mientras deambulaba entre bocado y bocado, la reflexión apareció bajo esta fascinante epidermis, un enriquecedor tejido social patrimonio de unas costumbres, creencias y formas de vida forjadas con el paso de los años. 

Dispuesta a saciar mi último capricho gastronómico, me senté en una mesa donde decían servir la mejor sopa de fideos de Müang Sing. Rodeada por algunos hombres ya servidos, me miraban de reojo sorprendidos, quizá, ante un rostro cuyos rasgos no eran familiares.  Compartimos el silencio intercalado por los sorbos algo ruidosos de quienes todavía no habían terminado su plato. La curiosidad de unos y otros nos llevaba a cruzar miradas hasta que uno de ellos se dirigió hacia mí y empezó a hablar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

estoy disfrutando de tus escritos y fotos con una laosiena DE 60 anos sentada a mi lado casi mas emocionada que yo....besitos...ET...

Danuta-Assia Othman dijo...

gracias, gracias, gracias! :D

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