7 may. 2012

Encuentro de caminos

Sucedió sin más. Una sacudida de espontaneidad en el modo de proceder del viaje dio lugar a un encuentro singular. Un hallazgo fruto del azar que a menudo azota al viajero y le brinda la oportunidad de conocer y compartir el camino junto a otros de su misma especie. Y es que, por fortuna, el cruce del viajero está repleto de tropiezos con memorables vagamundos. 

Son muchos los rostros con los que coincidí en mi rodeo por Laos. Rostros, algunos, que se confunden en el recuerdo y la percepción. Otros, sin embargo, protagonizan las texturas emocionales de unos días acampando entre los arrozales y las montañas que los abrigan en el hechizante Laos septentrional. Rodeados de esa belleza que hace trabajar la imaginación y la reflexión, compartimos un tiempo teñido por un entendimiento mutuo, unos componentes vitales del viaje donde tiene cabida la pasión, la intuición, la curiosidad y la búsqueda. Propiedades casi más necesarias que el pasaporte para viajar, donde las procedencias de diversas coordenadas geográficas no hacían más que enriquecer el viaje compartido. 

Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

Nos levantamos con las primeras luces del día dispuestos a ceder la comodidad de una habitación a la inquietud de lo desconocido. Dispuestos, así mismo, a desaprender lo imaginado. Con el rumbo orientado hacia un interior nutrido de tradiciones, memoria de una población que aguarda heredera la identidad de todo aquello que representan, dirigimos nuestros pasos en un recorrido que nos ocuparía gran parte del día. En fila india y sin salirse del camino ya transitado, reflexionamos acerca de las fatales consecuencias de las minas antipersona que sufre el país probablemente más bombardeado de la historia. No sólo por las enormes cantidades de muertos y amputados en accidentes con estas armas, sino también por las dificultades que enfrentan quienes quieren recuperar sus tierras para trabajarlas.

El semblante algo laberíntico de los siempre presentes campos de tono pajizo estrechaban  en más de una ocasión el terreno y nos obligaban a mantener el equilibrio en un intento de dar esquinazo al inevitable traspiés. Un roce sincopado que nos dejaría repletos de rasguños y algún sobresalto que otro con esos cuerpos cilíndricos, escamosos y alargados que, por carecer de extremidades, se mueven arrastrándose. La orientación por su parte de una superficie enrevesada, lejos de impacientarnos, nos proporcionó el acceso a un paisanaje que nos condujo al embeleso sin necesidad de recurrir a lo esperado de unas rutas a precio de souvenir.

Foto: Danuta-Assia Othman 

Foto: Danuta-Assia Othman

Pero lo mejor estaba por llegar. A unos instantes del juego de entre luces que protagoniza el ocaso, decidimos darle forma a la tienda de campaña que nos daría cobijo aquella noche, en una atmósfera acompañada por las notas intensas de un día mecido por la confluencia en la igualdad de formas, intereses y opiniones, y sazonada por ese sereno silencio, única elocuencia perfecta que facilita el reposo de la aventura a nuestra condición libre y sin techo.  El incógnito de esta improvisada posada es uno de sus grandes privilegios. Un romántico estado de incertidumbre donde perdemos gustosos nuestra identidad personal en los elementos de la naturaleza y nos convertimos en el fruto del momento.

Miro a mi derredor los panoramas exteriores que rivalizan hasta la victoria con cualquier otro hospedaje y recupero, entonces. la acertada cita del escritor inglés Laurence Sterne: 'Dadme un compañero de viaje, aunque sólo sea para observar cómo las sombras se alargan cuando el sol declina'.

 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

yo soy un compañero de viaje en la sombra....ET.

Danuta-Assia Othman dijo...

el mejor sin duda! :)

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